
El retorno del vinilo
Un año más la Feria Internacional del Disco de Barcelona ha vuelto para demostrar que aunque el formato digital es el que predomina, el antiguo disco de vinilo que fue olvidado en los primeros años del Compact Disc ha vuelto y con renovadas fuerzas. Desde las compañías que se dedican a reeditar catálogos enteros de grupos y discográficas, algunas con código de descarga en formatos digitales, al engrasado mercado del disco de segunda mano, el vinilo vive una segunda juventud.
En la feria hay cabida para todos los formatos CD, cintas de cassette, DVD pero el rey es sin duda alguna el vinilo; el negro acetato que algunas veces se divisa en los más variados colores, o incluso en formato picture disc con imagenes impresas. Esta variedad de colores es la que pudimos encontrar en forma de nutrida colección en torno a la banda Metallica; ediciones de un mismo disco en un amplio surtido cromático, discos originales, ediciones especiales, packs en latas y bootlegs* del grupo de metal.
Esta XXV muestra tuvo una muy buena representación de vendedores europeos, así como del Estado Español, y de las mejores tiendas de discos de la ciudad condal. Entre el público, solitarios buscadores de joyas discográficas a buen precio, los diggers que buceaban entre montones de cajas sin clasificación alguna para encontrar el tesoro; y aquellos que venían a la feria con la lista de la compra, buscando aquel disco que les faltaba en sus colecciones. También se vieron adolescentes que acompañaban a su padre, madre o a ambos en la labor de la búsqueda de discos o material de la banda amada por sus progenitores. Se puede decir que la feria es un punto de encuentro individual y familiar, que hace de correa de transmisión de valores y gustos musicales, entre barceloneses, pero también de aquellos llegados del resto de Europa y ocasionales turistas.
En mi caso fue una grata sorpresa encontrar una edición francesa del disco de Harry Belafonte editada en 1956, junto a algunas joyas a muy buen precio, y una reedición de Harvest de Neil Young. Si la colección define al coleccionista tanto como el coleccionista define su colección, la mía es una mezcla de memorias de infancia con este formato analógico. Recuerdo sostener un disco de Triana y quedarme fascinado con la impresionante ilustración de Máximo Moreno: eso fue amor a primera vista. Más tarde, entrada la adolescencia, como momento en el que se fragua la afición musical, vehiculando la frustración y el desamparo emocional, hallé en el rock y el metal más crudo una puerta de escapatoria. Y ya en una etapa más madura, y gracias también a los hallazgos en vinilio, he desarrollado un amor incondicional hacia aquella música de raíz africana que ha trascendido, por imposiciones históricas, el continente negro, interesándome no sólo por su presencia en el omnipresente e importante foco norteamericano, sinó también por toda su influencia tanto en el cono sur, como en el caliente corazón de América, el Caribe. Todo ello cabe en mi colección, como forma de deleite pero también de nostalgia que permite rememorar ciertos momentos de la vida. Chavela cantaba que “uno vuelve a los sitios donde amó la vida”, y ¿no es la música uno de los mejores medios para llegar a esos lugares?
Mi fascinación con el formato de 33” no es solo por el contenido, pues otra de mis pasiones es la imagen, y no puede olvidarse que el primer impacto de un disco es también visual. Por eso fotógrafos y artistas gráficos han tenido incursiones en portadas y artworks musicales. Como ejemplo, el trabajo del fotógrafo Jean-Paul Goude para la icónica Grace Jones, los trabajos del colectivo artístico Hipgnosis, para Pink Floyd y Led Zeppelin, o el extenso trabajo del diseñador Vaughan Oliver para el sello discográfico 4AD.
Ahora toca esperar un año, o visitar los pequeños comercios que resisten el embate de lo digital, para poder observar, tocar y escuchar un buen vinilo. Mientras, voy a poner la aguja sobre un clásico ibérico…”dicen que tienes veneno en la piel, y es que estás hecho de plástico fino…dicen que tienes un tacto divino, y quien te toca, se queda con él”…
* Bootlegs es el nombre que reciben las ediciones no oficiales de directos, o del material de estudio, que poseen un gran valor entre los connaisseurs de un artista, por la rareza que representan

El cine español ya no es lo que era (Berlinale 2018)
Lo que fuera que fuese ya no lo es y no lo volverá a ser. La criatura ha crecido por fin y cada año es más fuerte, viaja al extranjero, ha mejorado su inglés y empieza -por méritos propios- a ser respetada en su propio país. Nos empezamos a quedar sin razones para criticar al cine español. El salto de calidad de nuestro cine en la última década no cesa, con obras de una vez maduras en estilo, género y forma.
Estas cinco producciones nos representaron en la Berlinale 2018. Cuatro películas y un documental que lo explica todo:
El malagueño Ramón Salazar ha creado con La enfermedad del Domingo un género nuevo -diríase- mezclando géneros y subvirtiendo estilos, dando como resultado una película inclasificable. Un thriller de estética futurista, con una gama de colores y una luz espléndida, misteriosa, creando una atmósfera onírica de malas vibraciones, como de insalubridad -imagina que una capa de polvo muy fina cubre el espacio donde respiras- y de apariencia postapocalíptica, con personajes que parecen vivir aislados de una civilización a la que ignoran. Una película de innovación y de clase. Treinta años después de ser abandonada, una hija (Bárbara Lennie) se presenta en casa de su madre (Susi Sánchez), con una simple y extraña petición. Esta es la premisa. Ambas fabulosas, transmiten un vacío -una carencia en la emoción- que traspasa la pantalla: el vacío del abandono, gestos de caras con capas de pérdida y de existencia irrelevante.
Una extraña tensión domina los diálogos, silencios entre frase y frase y preguntas sin responder son coreografiados con un metrónomo defectuoso, uno que ya no emite tic tac pero sigue marcando el pulso. El abandono es un acto anti natura que pervierte la vida que será, logrando una película de fría melancolía por unos recuerdos que no pudieron llegar a ser.
“Era un 2 de novembro, pola noite, durmía intranquila e de súpeto sentimos. Non podía falar, non podía moverme, non podía emitir ningún son, so sentía frío” En la sierra de O Courel, a unos noventa kilómetros al sur de Lugo, la gallega Diana Toucedo capturó la vida que hay en la ausencia. Tras seis años de trabajo, esta cineasta de fuego en el cabello retrata en Trinta Lumes otra manera de percibir el mundo. Madera carcomida por la lluvia, antiguas lápidas rotas y casas abandonadas, su cámara los recorre junto a quienes todavía allí viven, en aldeas olvidadas. La lluvia y el viento son la manifestación de lo invisible, de esa «otra percepción» La pequeña Alba de doce años vive dentro de esa riqueza cultural gallega, de leyendas y mitos: “No me gusta acercarme a las ventanas, porque puede tocarme el aire de los difuntos. Me gustaría poder acercarme más, pero me paraliza el miedo” Lume significa fuego en gallego, pero en la sierra de O Courel también es hogar, familia, aquella casa que está en activo. Es el 2 de noviembre, día de los Difuntos y a través de Alba advertimos, por fin, a las lumes, treinta almas que brillan en otro mundo, uno tan legítimo, real y veraz como ese nuestro tan científico que impera.
Cuenta Isabel Coixet que tardó diez años en sacar adelante La Librería, a nadie le convencía su guion: «No pasa nada ¿no?» «¿Por qué no hay una historia de amor?» Parece ser que la historia de amor por la lectura no era suficiente, comenta. Florence Green (interpretada por Emily Mortimer) abre en 1959 la primera librería en un pueblito inglés, contra el desprecio y burla de una elite pedante que dicta lo que es cultura y lo que no. Basada en una novela “extraña y muy seca, nada sentimental, donde todo pasa con distancia” según la propia directora, es para mí una película incompleta. La actuación de Bill Nighy es excelente, como arquetipo de señor británico reprimido y emocionalmente no muy hábil, encerrado en su casa leyendo libros, decepcionado con un mundo que considera espantoso. Mortimer, la actriz protagonista, no encaja sin embargo en la película igual que Green no encaja en el pueblo, unida a la sobreactuación como rica déspota de una Patricia Clarkson que tampoco ayuda, pese a ser una gran actriz. Un film apacible cuyos chistes agradables no me terminan de casar con un drama que se advierte dulcificado, quizá adaptado para un público más amplio, donde se cambió el final de la novela porque, según Coixet, era demasiado desesperanzador.
Con el viento nos habla la mente y ordena sentimientos, en un tiempo parado. Con el viento es una obra hermosa, es personal, es triste. Es una película de un talento emocional sorprendente y de un poderío muy dulce, de una cineasta con mucho amor y sensibilidad. En un mundo rural que va desapareciendo, el de trabajar la tierra como modo de vida, la muerte del padre trae a Mónica de vuelta al hogar. Se van acabando las cosas y nos acabamos todos. Hace décadas que hizo su vida lejos y ahora, con su madre viuda y su hermana recriminando su larga ausencia, baila. Mónica baila sobre páramos, cañones y cerros de 250 millones de años, en una tierra enclavada entre Burgos y Palencia donde la directora Meritxell Colell casi nos teletransporta. Urge visitar Las Loras. Quizás quedarse allí unos días, sentir el viento y sus aullidos, los pájaros y esa belleza en la inclemencia de la tierra. Llorar y recordar como Mónica esa vida que olvidamos y llevamos dentro, aunque no la hayamos vivido, nuestras raíces, las de nuestros padres o abuelos. Y sentir entonces la paz incluso en la tristeza, gracias a un cine que recuerda y que educa, que inspira y que libera. Y que baila con el viento
Y El Silencio de los Otros, el documental que lo explica todo
Esta es María Martin en la carretera de Buenaventura (Toledo) bajo la que yace, en una fosa común, su madre: uno de los 114.226 cuerpos esparcidos en fosas por España, el segundo país con más desaparecidos del mundo. Son personas asesinadas por el franquismo. El Silencio de los Otros se adentra en la inhumanidad de España, ese al que José Sacristán se refirió como “país de mierda”.
Es un documental sobre el ensañamiento del ser humano consigo mismo. «Lo injusta que es la vida…No la vida, los humanos. Somos injustos» recapacita María. Se pregunta a la calle sobre el pacto del olvido. Nadie tiene ni idea. La historia reciente de España se nos ha negado a dos generaciones. El pacto hace referencia a la Ley de Amnistía de 1977, que deja impunes todos los crímenes del franquismo. Por ejemplo, su artículo segundo dicta quedan amnistiados los delitos cometidos por los funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los derechos de las personas. La ley sigue vigente. Tanto que José María Galante, natural de Madrid, tiene como vecino del barrio al torturador que hace cuarenta años lo colgaba desnudo y golpeaba los genitales. Tan macabra casualidad sucede en un país que se considera a sí mismo democrático.
Vemos nacer a la histórica querella argentina, la única causa abierta que investiga los delitos y crímenes de lesa humanidad del franquismo. Es argentina porque desde allí se investiga y se juzga, dado que en España está prohibido por la Ley de Amnistía. El gobierno español amenazó a Argentina con romper relaciones diplomáticas y consiguió paralizar las videoconferencias de las víctimas, organizadas desde la embajada argentina en Madrid para que pudieran declarar. Así pues, en febrero de 2014, Ascensión Mendieta tiene que viajar a sus 88 años en avión a Argentina para pedir allí a una jueza poder recuperar los restos de su padre, fusilado en 1939 y tirado a una fosa común en Guadalajara. Pocos meses después muere María Martin, sin haber podido recuperar los restos de su madre de la fosa. El abogado de la querella, el argentino Carlos Slepoy, muere en abril de 2017 manteniendo la esperanza hasta el último día «Algún juez español anulará algún día esta ley que no puede amparar crímenes contra la humanidad» El Silencio de los Otros, producido por Almodóvar, recibió el Premio de Cine por la Paz y el Premio del Público al mejor documental de la Berlinale. Berlín y Alemania saben por desgracia de fascismo. Las caras del público el día de su estreno, alemanes y gente de todo el mundo, eran de estupefacción. Éste es un logro por la visibilidad, un altavoz metastásico de las miserias de un país vendido como chiringuitos de sol y playa, construido encima de los huesos de nuestros familiares asesinados.
Estas cinco obras son un ejemplo como para estar orgullosos, al menos de nuestro cine, por la variedad de temas y por la calidad con la que se están haciendo películas. El cine está ahora a la altura. Le toca el turno a las salas y al público. A todos nosotros.

Oscars para todos y todos contentos ¿Y tú?
José Javier Rosa observa en un veterano podcast de cine llamado El Octavo Pasajero que estamos acostumbrados a decir “vaya mierda” o tildar de injusto un premio cuando no es el que deseábamos, al olvidar que no gana el que tú quieres sino el que es. Advierte en la gente cuando habla de cine una radicalización de la opinión, esa ida de madre de la indignación absurda tan habitual en el fútbol y los programas del corazón.
La Forma del Agua me pareció un cuento de fantasía dulzón de Antena 3 de ritmo perfecto para dormir la siesta el domingo e ir despertando entre los anuncios sin problemas para seguir la historia, esto mientras se filtra el sol por la persiana del fondo del comedor. Un largo etcétera de desaciertos unido a un hombre anfibio que es un monstruo cutre de los Power Ranger de los noventa. Así pues, me indigné cuando Guillermo del Toro recogió los premios a mejor director y mejor película porque no ganó quien yo quería. Pero, entonces, me emocionó su discurso y aplaudí. Y la emoción de la actriz principal cuando Del Toro agradeció entre lágrimas a su madre transformo el cáncer de mi indignación en alegría. La Forma del Agua ha ganado cuatro Oscar, le encantó a la crítica y tiene un gran éxito de público en las taquillas. Detrás de ella habrá el mismo o más trabajo que en las películas que yo creía “merecedoras” de ganar. Estoy en proceso de madurez.
Una mujer fantástica ganó como mejor película de habla no inglesa, que afianza la buena salud de Chile. Su protagonista Daniela Vega es la primera actriz transgénero en conseguir un Oscar, un hecho histórico y un triunfo para el propio cine, como viento que impulsa el progreso de la sociedad y visibiliza la riqueza de la realidad. Progreso fue también ver a una mexicana-keniata y a un pakistaní criado en Iowa hablar sobre el sueño americano. Los actores Lupita Nyong’o y Kumail Nanjiani recordaron a los 800.000 inmigrantes menores de edad que Donald Trump quiso deportar del país. Estancamiento es, sin embargo, que Greta Gerwig fuera la única mujer directora de las ocho películas con más nominaciones. En el Hollywood actual 21 de cada 22 películas están dirigidas por hombres. Así pues, movimientos como #TimesUp y #MeToo deben de ser la punta del iceberg de mucho más que ha de llegar. Pero es un inicio.
Roger Deakins obtuvo una merecida estatuilla tras catorce nominaciones en su larga carrera por la mejor fotografía en Blade Runner 2049, que también ganó el de efectos visuales. Muchos seguimos perdidos buscando una salida en ese insondable desierto amarillento. Y con ochenta y nueve años se convirtió James Ivory en la persona más longeva de la historia en ganar un Oscar, por el mejor guion adaptado en Call me by Your Name y protagonizando uno de los momentazos de la noche: homenajeó al actor protagonista Timotheé Chalamet vistiendo una camisa con un dibujo de su cara. Un homenaje original y a la atura de la actuación inolvidable del joven.
El cine es sin duda magia. La del exbaloncestista Kobe Bryant ganó una estatuilla por Dear Basketball, un poema animado basado en su emotiva carta de retirada. La de Coco y el valor del recuerdo, la familia y la fe en uno mismo: un premio por unanimidad a otra maravilla de Pixar. Magia es el lenguaje de signos y así agradeció Rachel Shenton el Oscar por The Silent Child, un cortometraje acerca de una niña sorda de cuatro años. Y mágico es Christopher Nolan y Dunkirk una experiencia auditiva, ganando tres estatuillas a mejor montaje, sonido y efectos sonoros.
Finalmente, Frances McDormand como madre desgarrada en Tres anuncios a las afueras y Gary Oldman por su mimetismo con Churchill en La Hora más Oscura cumplieron todas las quinielas a las mejores interpretaciones. Ambos son dos de los mejores actores de su generación. Ella, con su segunda estatuilla después de Fargo, hizo levantarse a todas las mujeres nominadas de la gala para visibilizarlas y abogar por una mayor inclusión. Él, con su primer Oscar, protagonizó el discurso más largo al recordar su vida, sus inicios y cerrando con el agradecimiento a su madre casi centenaria. Merecido y casi obligado premio el suyo tras treinta años de grandes actuaciones.
Guillermo del Toro cerró estos Oscar 2018 agradeciendo a Steven Spielberg y a los padres del género fantástico que le abrieran un camino que él luego ha seguido y animando a todos los jóvenes cineastas a seguir adelante.
El cine es a veces como el reflejo en un lago cristalino, donde montañas heladas, nubes y cielo azul se duplican con exactitud milimétrica. Otras veces es un charco en la carretera en el que a duras penas distinguimos nuestro propio rostro. Siempre se ha dicho que el cine es un reflejo de la realidad. Ha llegado la hora de que el cine sea la realidad.

Un paseo por la Rue Des Pyrénées
Caminar significa en gran medida emprender un viaje. No siempre nuestros pasos nos dirigen a algún lugar en concreto, pero sí nos encaminan en una dirección, atravesando el tiempo y el espacio más allá de nuestra propia corporeidad. Pasear tiene una parte de rito y también de redención, pues al dejar de controlar nuestros pasos dejamos fluir nuestra mente.
Los tableaux de Yves Bélorgey (Sens, 1960) nos proponen un paseo por la Rue des Pyrénées, situada en el extrarradio de esa ciudad enigmática que es París. Unos dibujos que parecen fotografías y que ponen de manifiesto la tensión entre ambas disciplinas artísticas, de la que ya hablamos hace tiempo en estas páginas.
Cómo abordar los paisajes deshumanizados de los barrios periféricos de las grandes ciudades sigue siendo el leitmotiv del artista. Retratos de edificios sin habitantes, sin vecindario alguno. No hay rostros en los dibujos que conforman la exposición y aún así percibimos la presencia de quienes habitan estas estancias, sumidas en un silencio cómplice.
Desde los años noventa, Bélorgey se concentra en el patrimonio modernista cartografiando el paisaje urbano y periférico. «Los edificios de viviendas modernos me parecieron bien integrados, y casan bien con lo que queda de un mundo más antiguo. Es ese vínculo con el tiempo lo que hizo de disparador», comenta en una entrevista realizada por la historiadora del arte Anne Giffon-Selle. El objetivo, deconstruir el «bulevar de un barrio del siglo XIX» como ejemplo de la ciudad nueva frente al progreso industrial y capitalista de nuestros días.
Podríamos hablar de «reportaje fotográfico» gracias a la infinidad de valores de gris presentes en las obras. Dibujar como sinónimo de fotografiar. Ambos, «descripciones de una descripción», de un espacio mucho más vasto y difícil de delimitar. La visión de amplitud que percibimos al observar los dibujos, en parte por la falta de una estructura que los encuadre, encerrándolos, hace que el espectador tenga la sensación de abrir una ventana y estar, realmente, viendo la Rue Des Pyrénées.
Hasta el próximo mes de febrero pueden asomarse y pasear por esta calle, tan melancólica y tan vacía que invita a quedarse.

De frente con el Peligro
Nos citamos con Mario Sánchez una tarde soleada de octubre en Barcelona, ciudad que le acogió hace ya unos cuantos meses tras su aventura en Bristol (Reino Unido). Alegre, crítico con el sector musical y algo tímido; así es el vocalista y alma mater de Pedro Peligro, esta banda a tres que intenta abrirse camino en la ciudad condal.
«Quise darle un nombre individual a pesar de que fuésemos un colectivo. Y pensé en algo que tuviese fuerza y rimara», afirma Sánchez ante la primera de nuestras preguntas. Y así fue cómo nació Pedro Peligro, de una manera casi instantánea, junto a Manuel Córdoba, el amigo de la «pandilla» de Cádiz, e Irene Solé, catalana y el último de los fichajes del grupo. «Música de cantautor», contesta seguro al preguntarle sobre sus composiciones pese a la mezcla de estilos que recorren sus canciones: desde la rumba, por su naturaleza andaluza y el uso del cajón, hasta excéntrica por la incorporación de la melódica en manos de Solé.
Sánchez se dedica a la música de manera profesional desde hace aproximadamente dos años, aunque sigue compaginando su «pasión vital» con otros muchos trabajos que le ayuden a llegar a fin de mes. «La música está muy mal pagada en este país. Las salas se aprovechan de que la gente venga a verte y paguen por escucharte. Y si luego no llenas, no cobras», comenta cuando le preguntamos sobre sus expectativas a medio plazo. «Componer y tocar es mi prioridad en la vida, por eso me volví a Barcelona, porque todo el mundo sabe que si quieres ser alguien en este mundo tienes que venir aquí o a Madrid», sentencia.
¿Una canción que no podamos dejar pasar?, preguntamos. Sánchez permanece callado y al rato suelta: «¡Muérete ya!, me define totalmente. Es una canción antipática». Y ríe mientras añade: «Es la típica canción que compones en tu cabeza mientras una persona te cuenta una historia que no te interesa. ¿Entiendes?». Ahora reímos ambos.
Mario Sánchez, o Pedro Peligro, o incluso Francisco de Utrera –como se camufla según en qué ambientes– nos cuenta que pronto tendrán un nuevo colaborador ocasional, el barcelonés Esteban Faro. También estos días sacan a la venta su primer disco, ¿Dondestá? (Sophus August Tuxen, 2017), financiado íntegramente con la recaudación de la «taquilla inversa» de los últimos conciertos, incluida la pequeña gira que este verano dieron por el norte de España.
Entre las próximas citas, el 14 de noviembre a las 21:00h en el Club Cronopios de Barcelona, la Asociación Cultural y Literaria donde empezó todo. ¿Volviendo al punto de partida?. Puedes saber más de ellos en @pedropeligromusic y en su canal de Youtube.

El verano de Cultural Resuena
¡Vaya calor hemos pasado este verano! Ahora que ya podemos dar por extinguido el verano vamos a repasar lo que hemos estado haciendo por la redacción de esta revista. Spoiler: no hemos parado.
Alex Mesa
Tengo que admitir que me gusta el verano. Y la playa. Y bañarme, bucear, etc. Pero, siendo honestos, no es muy buena idea pasarse cada instante de la temporada estival en remojo, pues uno corre el riesgo de arrugarse como una pasa (quién sabe si para siempre). Por ello, también me gusta disfrutar de otras cosas (sí, como dijo aquél sabio: “los catalanes hacemos cosas”). De entre todas ellas, este verano me ha gustado descubrir la serie “Rick and Morty” (sí, lo sé, es imperdonable que no la conociera hasta el momento). He estado visionando las dos primeras temporadas a través de Netflix y es interesante observar como ahora se está estrenando la tercera temporada en USA. Si alguien había pensado alguna vez en fusionar Padre de Familia con The Big Bang Theory, rebuscarlo más, y añadirle un extra de ironía, cinismo y absurdo, creo que encontrará algo emocionante en esta serie del estudio Adult Swim.
Ainara Zubizarreta
Durante cuatro días de julio, el preciosísimo pueblo costero de Hondarribia (Gipuzkoa) se convierte en un gran escenario de blues, esa música ya clásica que sigue siendo tan actual. En los diversos escenarios repartidos por los lugares emblemáticos del pueblo se ofrecen conciertos GRATUITOS de mano de grupos históricos y nuevas promesas. El ambiente es inmejorable y, si eres capaz de asistir sin que se te muevan las caderas, seguramente estés muerto. ¡Larga vida al blues!
Marc Nadal Ferret
En verano hace mucho calor en Cataluña, almenos en la costa, donde yo vivo, así que o vas a la playa o buscas sitios con aire acondicionado. Yo prefiero aquella, pero a veces tienes que refugiarte en estos. Así, recorridos todos los centros comerciales y cafeterías con wifi (pronunciado uifi) sin conseguir evitar la consumición, encontré el lugar perfecto: la exposición Talking Brains del Cosmocaixa, en Barcelona.
La exposición trata de lingüística, y destaca por ser muy participativa (ahora hay que decir hands-on). Además de explicaciones hay botoncitos, juegos de memoria, paneles interactivos y demás artilugios (ahora hay que decir gadgets). Se comienza con la clasificación de lenguas en el mundo según origen, familia, características… se aborda el aprendizaje de la lengua por parte de los niños, la adquisición de otras lenguas, la neurocirugía y finalmente se acaba en la parte más trágica: las afasias, explicadas mediante vídeos con ejemplos. Incluso se podía participar en un experimento para detectar qué partes de nuestro cerebro se activan cuando realizamos una actividad dada.
Mirad si fue interesante que se me olvidó preguntar si tenían wifi en el Cosmocaixa.

Carles Samper Seró
A mi modo de ver verano es esa época del año que guardamos para cumplir todos aquellos propositos de año nuevo que no hemos cumplidohasta la fecha. Y, evidentemente, tampoco cumplimos. El calor nos puede; trabajamos en el sector turístico y no tenemos vacaciones; o bien tenemos vacaciones y por eso no podemos.
A pesar de eso yo he conseguido cerrar bastantes temas pendientes. Voy a comentar las tres más interesantes.
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Teatro: Asistí a una interesante obra en el olivar de castillejo (espacio maravilloso de Madrid, que recomiendo encarecidamente, pues la temperatura respecto al centro de la ciudad es cuatro grados más baja) sobre ciencia. Distintas piezas montadas, algunas con más acierto que otras, pero con mucho cariño en su ejecución por parte de la compañía TeatrIEM.
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Videojuegos: He dedicado muchas horas junto a mi compañero de piso a jugar a Salt and Sanctuary. Un juego que bien se podría situar en aquel género que ahora llaman algunos “Dark Souls”. El modo sofá es aquello que más me ha fascinado, aunque es un poco difícil de activarlo sin ayuda de alguna guía externa al juego. Decorados fantásticos, buen planteamiento en el desarrollo de personaje y algunos bugs muy divertidos.
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Literatura: Me cuesta llamar así esta recomendación, pues en verdad acabé un libro de memorias que tenía pendiente de hace mucho. Las memorías del autor polaco Slawomir Morsczek. Lo más interesante del asunto es que, el autor, narra su propia vida como parte de una terapia para recuperarse de un afásia que tuvo. Realmente interesante y recomendable para aquellos fan de este maravilloso autor polaco.
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Marina Hervás Muñoz
El verano es para las bicicletas… Y las mujeres. Y las guitarras. Han sido protagonistas en mis listas de reproducción de Spotify. Especialmente tres: Silvia Pérez Cruz, que publicó su último álbum (titulado como una de sus canciones fetiche, “Vestida de Nit”), el pasado 12 de mayo de 2017, y que nos brindó por primera vez alguna de las versiones que solo se encontraban en vídeos de youtube o en grabaciones mejorables. La segunda es María Arnal que, junto a Marcel Bagés, han traído aire fresco cuando no veíamos luces al final del túnel. Originales (aunque las malas lenguas los comparan con la ya nombrada Pérez Cruz en su disco junto a Raül Fernández), comprometidos, con un directazo y con todo por ofrecer. Al menos así lo augura su “45 Cerebros y un corazón”, publicado el 21 de abril de este año. Y, por último, Rosalía y Raül Refree, que me conquistaron con el quejío de “Nos quedamos solitos”, la tercera pista de Los Ángeles, su primer álbum, que vio la luz el pasado febrero. Algunos lo llaman “flamenco hipster”, porque no sabemos vivir sin etiquetar las cosas. Lo bueno de este proyecto es que no es ni flamenco ni hipster, sino puro tercipelo. Así de cursi me pongo para decirles que no pierdan de vista a estas tres mujeres a las que, como según Sabina le pasaba a Serrat, les tiembla el corazón en la garganta.
Camino Aparicio Barragán
El verano en México tiene un encanto muy particular que sólo puedes entender cuando has pasado uno en estos lares. Si bien México está en el mismo hemisferio que España y, por tanto, las estaciones son las mismas, el clima de esta tierra hace que en este país el año se divida, en la práctica, en dos estaciones: la de secas y la de lluvias; y, curiosamente, la época de lluvias abarca los meses del caluroso veranito español.
En la Ciudad de México, en verano, el clima es fresco, hay días nublados y llueve por las tardes. Todo invita a disfrutar de una buena lectura, con una bebida caliente y buena música de fondo, mientras ves a través de la ventana cómo diluvia afuera (porque aquí cuando llueve, llueve de verdad). Así es como me adentré este verano en la música para chelo y descubrí el concierto para dos chelos y cuerdas en Sol menor de Vivaldi, una maravilla musical que, junto a un rico chocolate caliente, me sirvió de escenario perfecto para disfrutar de algunos clásicos de la literatura que, confieso, no había leído hasta ahora: Madame Bovary de Flaubert y Arráncame la vida de Ángeles Mastreta.
Claro que nada me impide enfundarme el chubasquero y las katiuskas para salir a disfrutar de otras muchas actividades, como el teatro (sin duda alguna, la mejor obra a la que asistí este verano fue “Después del ensayo”, un magnífico montaje sobre la obra de Ingmar Bergman) o la primera Feria internacional del libro universitario (organizada por la UNAM y con la Universidad de Salamanca como invitada de honor).
¡El veranito lluvioso… también es gozoso!
Antonio
Me he hecho una buena gira de festivales. Empezando en el festival de arte en la calle «A la fresca» en Molina de Aragon, después el festival de música celta de Ortigueira en Galicia y terminando con el Samba Embora en Valladolid. Con un julio ajetreado también de trabajo lo que más me apetecía era descansar y ¿qué mejor manera que con una videoconsola nueva? Me subí al tren del hype de la nueva máquina de Nintendo (Switch) y no he parado de echar carreras y combatir el mal en Hyrule gracias al Zelda Breath of the Wild. Un increíble juego que redefine de alguna manera el genero sandbox dándonos herramientas para explorar a nuestro gusto y tener siempre algo esperando en cada rincón del mapa.
He hecho más cosas pero por seguir con la temática de videojuegos os diré otro interesantisimo que he podido disfrutar: Calendula. Un juego desarrollado por el estudio español Blooming Buds Studio que se adentra en un discurso artístico más que jugable. Se trata de un meta juego en el que el propósito será, precisamente, intentar jugar, a lo que se opondrá continuamente. Es bastante corto, creo que me habrá durado una media hora pero sumamente satisfactorio y sorprendente no solo por lo visual sino por la originalidad de los puzzles.


Irene Cueto
El verano invita a deleitarnos más tiempo con aquellas actividades que nos entusiasman. Y eso hice. Como no todo iba a ser hacer deporte, me adentré en literatura extranjera y descubrí Esperando a mister Bojangles de Olivier Bourdeaut. Pero para no pasar demasiado calor, estuve unas horas en Invernalia para vivir Game of Thrones. También disfruté con festivales flamencos y de jazz por nuestra geografía. De hecho, recomiendo el disco Passin’ Thru de Charles Lloyd New Quartet. ¡Porque la vida es mucho mejor con estos placeres!

Una invitación a dejar de esperar
Hace algunos meses escribí en estas mismas páginas, un artículo sobre el documental Demain (2015), dirigido y producido por la francesa Mélanie Laurent y su marido, el también cineasta Cyril Dion. Ahora, desde otra ciudad que nada se le asemeja a Barcelona, vuelvo sobre mis propias divagaciones para hablaros sobre el film, Qu’est-ce qu’on attend? (2016), de la francesa Marie-Monique Robin.
Desde principios de este mes, el documental puede verse en la mayoría de cines de Bruselas, incluida la sala independiente Vendôme, donde tuvo lugar la Avant-Première y en la que Robin se mostró más bien resuelta ante un público hastiado por el calor. A qué esperamos, preguntó como si la respuesta fuese obvia y, al mismo tiempo, ninguno supiese qué contestar. Así es como el documental interpela al espectador, tan sólo mostrando un modo de vida posible, una realidad que de hecho ya existe: la cerca de los 2200 habitantes de Ungersheim, un pequeño pueblo situado en la región francesa de Alsacia.
Ungersheim es una localidad denominada «en transición», esto es, en proceso de abandonar los recursos fósiles como el petróleo para reducir así la huella ecológica. Por ejemplo, con terrenos adquiridos por el ayuntamiento que ahora son huertos ecológicos y de reinserción social; con cooperativas y comedores que abastecen a varias localidades aumentando la empleabilidad local y el autoabastecimiento; con construcciones que respetan el medioambiente y en las que trabajan los propios vecinos, algunos ya jubilados; con una moneda local, los radis; y con jornadas de concienciación en la escuela, a la que los niños, por cierto, llegan cada día en coche de caballos. Éstas son algunas de las imágenes que se muestran en el documental cuyo protagonismo absoluto lo tienen sus vecinos y, en especial, su alcalde y promotor del proyecto, Jean-Claude Mensch.
El documental ha de entenderse como una carta de presentación, también como una invitación a unirse a este «movimiento» que aglutina ya a 460 localidades en todo el mundo. No obstante, se echa en falta una perspectiva crítica por parte de la periodista, quien se limita a filmar –en muchas ocasiones sin previo guión– el día a día de unos vecinos orgullosos con su nuevo estilo de vida. Pero, ¿cómo trasladar estas prácticas a otras localidades? ¿Es posible llevar a cabo estas medidas en grandes ciudades? Fueron preguntas como éstas las que llevaron a Marc de la Ménardière y Nathanael Coste a su particular aventura, a recorrer el mundo en busca de respuestas, a producir a su vuelta a Francia la película Enquête de Sens (2016).
Que en los últimos años el debate sobre el medioambiente y el cambio climático ha ido desplazándose de ciertos sectores afines al ecologismo hasta convertirse en tema de agenda de partidos políticos es un hecho esperanzador. Ahora bien, la Cumbre de París de 2015 fue un fracaso pese a que los medios la catalogaran como el gran «acuerdo histórico» sobre el medioambiente, lo cual explica también por qué el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ahora parece querer salirse del grupo. Y es que ya no se trata tanto de buscar posibles soluciones a los problemas actuales –entre otros motivos porque algunos de los cambios experimentados por el planeta ya no tienen marcha atrás– sino de interrogarse acerca de por qué no los ponemos en práctica. De la importancia de la cohesión social y de los movimientos colectivos, pero también de la necesidad de un cambio de paradigma en el que los valores de sostenibilidad primen más allá del rendimiento económico, versan todas estas producciones cinematográficas. De lo que vendrá en un futuro si no aprendemos de nuestro presente.

Jazz a la koxkera
Como cada año por estas fechas, muchos esperan ansiosos la programación del festival de jazz que cada mes de julio se celebra en Donostia-San Sebastián y cuyo mismo nombre, “Heineken Jazzaldia”, suscita dudas sobre el orden de prioridades que lo inspira. Pues bien, el pasado día 24, en la solemnidad del Teatro Victoria-Eugenia, se hizo, por fin, pública la ansiada programación con especial hincapié en la participación de 35 grupos vascos en la edición de este año, la 52ª de este longevo encuentro jazzístico. Diré para empezar -y evitar, de paso, malentendidos- que apuestas por grupos locales en un mundo tan global e internacional como el del jazz me parecen, quizá también por mi condición de instrumentista, no sólo plausibles, sino absolutamente necesarias para crear un tejido cultural sólido. Ojalá no quedaran en mera anécdota, y la programación musical fuera en Euskadi más consistente a lo largo de todo el año. Pero este tema da para un artículo diferente que no descarto en otra ocasión que más venga al caso.
Lo que en este de hoy me interesa señalar no es tanto la loable apuesta por otorgar espacios a músicos locales en un festival internacional, sino la terminología que se utiliza para comunicarlo. Y es que el titular que se pudo leer en los medios, y puede aún consultarse en el apartado de noticias de la página oficial del evento, dice lo que sigue: “el jazz vasco tendrá una presencia muy destacada en el Heineken Jazzaldia”. En una primera lectura, podría parecer que no hay nada en él que dé pie a la reflexión. Acostumbrados, como estamos, a que el adjetivo “vasco” califique prácticamente la totalidad de la producción artística y cultural de este país, tendemos a olvidar que las palabras tienen significado, además de por lo que directamente denotan, también por lo que connotan o insinúan.
¿Qué es, en efecto, el jazz vasco? Una podría imaginarse que, así como llamamos “música vasca” a aquella que tiene unos rasgos distintivos que provienen, por ejemplo, del folklore, por jazz vasco entenderíamos aquel que pretendiera transmitir esos mismos rasgos, fusionándolos, de algún modo, con las armonías y los ritmos propios del género jazzístico. Por supuesto que esta definición precisaría de matizaciones que requieren más espacio que el limitado de este artículo. Pero supongamos, si no es mucho suponer, que esa podría ser una condición necesaria, si no suficiente, para justificar el uso del adjetivo “vasco” en este contexto del jazz. Y supongamos también, como llevamos haciéndolo históricamente, que la música vasca es aquella que hace uso de instrumentos, melodías y ritmos asumidos como propios de la tradición vasca. Allá por el siglo XIX y principios del XX, a la música académica se le adjudicó -y ella asumió de buen grado- un papel político en la formación de las identidades nacionales, de modo que este tipo de recursos musicales comenzó a utilizarse para la creación de una música específica de cada país o territorio. En el caso vasco, hay varios ejemplos que podrían utilizarse aquí, sin perjuicio de que muchos de ellos entrarían en múltiples contradicciones. ¿Es, por ejemplo, música vasca la zarzuela “El Caserío” de Jesús Guridi, perteneciendo, como pertenece, a un género eminentemente español y abundando en armonías propias del wagnerianismo, sólo por el hecho de que incluye una ezpatadantza y algunas canciones populares vascas? Otro debate inagotable.
La cuestión del idioma podría parecer determinante a este respecto. Lo hemos visto, y seguimos viéndolo, en la literatura. En muchas librerías se cataloga como literatura vasca la que está escrita en euskara. Pero ¿qué sucede con la literatura que, aun teniendo a un vasco como autor, está escrita en castellano? Que tenemos que cambiar de sección para encontrarla. Y es que estaríamos tomando por vasca sólo la literatura que utiliza el euskara como medio de expresión, obviando otras características como podrían ser las temáticas o los géneros. La cosa no es, por tanto, tan simple. Pensemos, por ejemplo, en lo que ha venido en llamarse “rock radical vasco”. En este caso, la lengua pasa a un segundo plano y el mensaje políticamente subversivo y rebelde parece ser la auténtica razón que justifica el calificativo. Porque a nadie se le ocurriría calificar lo que hace Álex Ubago de música vasca…
Pero, centrándonos en el tema que nos ha traído hasta aquí, si nos detenemos a examinar cuáles son esos grupos de “jazz vasco” que se han programado para esta edición del Heineken Jazzaldia, veremos que ninguna de las características aquí expresadas a modo de esbozo tiene algo que ver con ninguno de esos 35 grupos. Lo primero que llama la atención es que muchos de ellos ni siquiera son conjuntos de jazz. Pero, además, ninguno de los que incluye voz canta en euskara todos sus temas. Y ninguno utiliza instrumentos folclóricos. En los vídeos y audios que están disponibles en la web, no se escucha arreglo alguno sobre temas populares vascos. Y todos, excepto dos, tienen sus nombres en inglés o castellano. Algunos son homenajes a John Coltrane, Dizzy Gillespie o Thelonius Monk. Es decir, lo único vasco en esta programación es el lugar de nacimiento u origen de los músicos. ¿Basta eso para que su música sea considerada “vasca”? No lo niego, pero suscita todo un debate.
Si algo he pretendido dejar claro a lo largo de estas líneas es que el concepto de lo vasco, cuando va unido a cualquier tipo de expresión artística o cultural, resulta extremadamente inconsistente y se utiliza con escandalosa arbitrariedad. No se trata además de una arbitrariedad inocua, sino calculada. Porque es desde las instituciones, públicas y privadas, desde donde se decide qué merece llevar ese apellido y qué no, en función de la potencialidad política o mercantil que la cosa en cuestión tenga. Pero el jazz, sigue siendo jazz. O ¿es el fútbol del Athletic fútbol vasco porque sus jugadores lo sean? Ni Mozart, por tocarlo yo, va a ser música vasca, por mucho que a él le habría gustado que lo fuera.

Como no sucumbir al sueño en el teatro
Aquel jueves de mayo amenazaba lluvia, como muchas otras tardes en esta ciudad. Era, por tanto, el día idóneo para acudir al teatro de la rue de Laeken, cuya sala principal acoge desde la edición 2006-2007 el Kunstenfestivaldesarts, el festival internacional dedicado a la creación contemporánea que llena salas y espacios de Bruselas. Con las entradas ya en la mano, releí el título de la obra elegida, un tanto al azar: Gerhard Richter, une pièce pour le théâtre, del artista sueco Mårten Spångberg. Mi acompañante se encogió de hombros también ante el desconocimiento del “chico malo” de la danza contemporánea, como lo definieron en un artículo de The Guardian en julio de 2003. Con algo de retraso, se apagaron las luces y el espectáculo comenzó.
Y siguió comenzando trascurrida más de una hora, pues la sensación de permanecer siempre en el punto inicial de la obra hizo que el público no tardase en toser repentinamente, retorcerse en la butaca hasta acabar por escabullirse de aquel tormento, dejando la sala medio vacía. Me incluyo en el grupo de espectadores aturdidos y aburridos que salieron de allí sin comprender qué estaba sucediendo, sin apenas escuchar el discurso monótono de los bailarines, que movían sus cuerpos en secuencias repetitivas de pasos, de un ir y venir de ninguna lado a cualquier otra parte. Ignoro si quienes aguantaron heroicamente la segunda mitad de la obra lo hicieron por respeto o por ignorancia. O por ambas.
De regreso a casa, algo contrariada y desilusionada, pensé en el libro que esperaba en mi escritorio desde hacía algunas semanas. Aquella noche comencé La civilización del espectáculo, el ensayo del escritor peruano Mario Vargas Llosa, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2010. Quizás esperaba encontrar una respuesta a la pregunta que da título a este artículo o más bien una explicación a por qué, de unos años a esta parte, hemos dejado de reconocer el arte. “La cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestro días a punto de desaparecer”, sentencia Vargas Llosa a lo largo de un escrito que destila melancolía y también derrota. La banalización de las artes -y en concreto de la literatura-, el desprestigio del periodismo y la frivolidad de la vida política han desfigurado la noción de cultura que hasta nuestros días nos servía de faro, auspiciando así la mediocridad y convirtiendo cada expresión artística en mero entretenimiento.
Según el autor, quien parte de la obra Notes Towards the Definition of Culture, publicada en 1948 por T.S. Eliot y de la posterior reinterpretación que elaboró George Steiner en 1971, son muchos los aspectos que han conducido a nuestra sociedad a esta deploración de la cultura: desde la laicicidad del Estado de Derecho que ha separado la religión de la vida cotidiana de los ciudadanos hasta la casi desaparición de la figura del intelectual propia del siglo XX, pasando por la distorsiones políticas y los juegos de poder, así como la sexualidad y la pérdida del erotismo. La relatividad se impone como eje vertebrador de las experiencias humanas y, por tanto, artísticas.
En una sociedad hiperconectada y acelerada como lo es la nuestra, la perdurabilidad de las obras de arte acaba por difuminarse, aspirando a la obtención de un producto cultural, capaz de aplacar momentáneamente las ansías del saber. Un libro que se olvidará y que se leyó sin demasiado esfuerzo, un retrato que ya no se sabe a quién perteneció, una interpretación despojada de sentido y virtuosismo. Quizás hasta un artículo repleto de dudas y sin solución.

Eduardo Mendoza: un cervantes con humor quijotesco
Para una apasionada de la literatura, de los libros y de su idioma, como lo es una servidora, el 23 de abril es una fecha muy especial en el calendario anual, y no sólo por las ferias del libro que se celebran en tantas ciudades del mundo (o por ser el día de Castilla y León, mi tierra) sino, también, por el Cervantes.
El Premio Miguel de Cervantes, que se creó en 1976, premia, desde entonces y cada año, lo más granado y distinguido de la literatura escrita en lengua española. El premio se da a conocer a finales de año pero la entrega del mismo se hace, por motivos simbólicos, el 23 de abril del año siguiente; y seguir la premiación ese día es ya, para quien suscribe, toda una tradición. Claro que este año no se pudo cumplir con hacer la entrega del premio el mero día 23 de abril y fue el pasado jueves 20 cuando se llevó a cabo la ceremonia del Premio Cervantes 2016.
Este año el premio cobra un sentido especial. Ya se suponía que tras el escritor mexicano Fernando del Paso (Premio Cervantes 2015), el ganador de este año sería de nuevo un literato español y, efectivamente, el premio recayó nada menos que en las manos, o mejor, en la pluma, del entrañable escritor barcelonés Eduardo Mendoza.
Eduardo (me voy a permitir aquí tutearlo por las muchísimas horas de lectura que hemos compartido sus páginas y yo) es un excelente escritor, un virtuoso de la palabra española como pocos quedan y un creador con una imaginación difícilmente igualable. Todo ello lo hace un digno merecedor del galardón que se le acaba de conceder.
“Nunca esperé recibirlo”, declaraba modestamente Eduardo en su discurso, y es que, lamentablemente, un autor que dedica gran parte de su obra al humor, no espera ser considerado para tan importante galardón. Es necesario sobrepasar el prejuicio del género humorístico como género literario menor para darle, con seriedad, el lugar que merece. El jurado del Premio Cervantes parece haber superado en esta ocasión el prejuicio, haciendo además justicia a la obra cuyo nombre lleva el premio.
El Quijote es la obra emblemática de nuestra literatura española y Cervantes, el autor por excelencia de nuestras letras. Su grandeza literaria es la que llevó a poner su nombre mismo a este importante premio, pero parece que a menudo nos olvidamos de que ese libro enorme y gordo que con tanto pesar leemos de pequeños, es una obra cómica; y su prominente carácter humorístico no sólo no le resta valor, sino que incluso se lo eleva, pues lo humorístico no quita lo valiente, o, en este caso, lo valioso.
Pocos autores alcanzan la maestría cervantina en el uso del humor. No es tarea fácil. Eduardo Mendoza es uno de los pocos escritores de nuestra lengua que lo ha conseguido desde el ejercicio serio y comprometido de su actividad literaria. Ese humor inteligente, fino y tan natural en él, bien vale un Premio Cervantes.
En su discurso, Eduardo rindió un emotivo homenaje a Cervantes y al Quijote. El escritor reconoce haber hecho cuatro lecturas “cabales” de la obra. Durante la primera, en sus años adolescentes, declara que “De Cervantes aprendí que con el idioma se podía hacer cualquier cosa”, y vaya si lo aprendió. La verdad sobre el caso Savolta, su primera novela, y para algunos todavía hoy la mejor lograda de su producción, es una clara muestra del exquisito manejo que se puede llegar a hacer del lenguaje, con sencillez y elegancia (claro, que no cualquiera puede lograrlo).
Ya en su madurez, Eduardo se adentró en una tercera ocasión en la obra. “En aquella lectura del Quijote descubrí y admiré el humor que preside la novela, […] un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. Una vez establecido el vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.”
Ese tipo de humor que en complicidad con Cervantes descubrió el escritor, es el mismo tipo de humor que nosotros, lectores, en complicidad con Eduardo, descubrimos en gran parte de su obra. El misterio de la cripta embrujada (y la subsiguiente saga de novelas del detective anónimo) va más allá de la parodia y la novela negra; Sin noticias de Gurb es mucho más que un esperpento surrealista. Se necesita haber establecido un vínculo especial con Eduardo, haber alcanzado una complicidad personal con él, para compartir ese humor y ahondar en las problemáticas y críticas presentes tras él.
La literatura de lengua española y la literatura propiamente española, estarán siempre en deuda con Eduardo por su valioso legado literario y por tantas sonrisas generadas. Pero sin duda, quien más le debe a este barcelonés de nacimiento y de corazón, es precisamente Barcelona, su consentida, la constante protagonista de su obra. Más allá de La ciudad de los prodigios, excepcional testimonio sobre la vida de la ciudad de Barcelona, el conjunto de la obra de Mendoza es un documento histórico sobre la evolución real y cotidiana de esta ciudad española a lo largo de las últimas décadas.
Mucho se le ha preguntado en estos días sobre su próximo proyecto o si ya está escribiendo alguna nueva novela. Sus supersticiones, dice, no le permiten hablar sobre ello, pero no tardaremos mucho en enterarnos cuando vea la luz una nueva creación suya. Lo que tardaremos un poco más en conocer, veinte años exactamente, es el legado que Eduardo ha dejado guardado en la tradicional caja depositada en la Universidad de Alcalá de Henares por los ganadores del premio. Veinte años. En veinte años sabremos cuál es ese legado elegido por Eduardo, pero su legado literario (aunque todavía pueda aumentar) lo tenemos ya a nuestro alcance. Y el humor está garantizado.