por Elisa Pont Tortajada | Jun 28, 2017 | Artes plásticas, Artículos, Críticas |
Le dije, cariño ponte esta falda y salgamos al jardín. Cogí la cámara de fotos y puse música. Mi hija empezó a bailar de manera tan natural que tuve que empezar a fotografiarla. Y éste es el resultado. Bonito, ¿verdad?
Iratxe Álvarez nació en Valencia pero podría decirse que su casa está en distintas ciudades. Ahora reside junto a su marido y sus tres hijos en Bélgica. Y es allí, rodeada de naturaleza, donde ha comenzado su último proyecto fotográfico: Little Islands Photography. El pasado 16 de junio se expusieron algunas de sus obras más recientes en la muestra conjunta As we see it, mezcla de pintura, grabado y fotografía, que reunió el trabajo de Astrid Van Drie y Vieta Bons.
«En mis fotografías siempre busco captar la fuerza de las miradas, la eternidad y el poder de ese instante preciso», responde a modo de carta de presentación para aquellos que le preguntan sobre su estilo fotográfico. La maternidad y su experiencia como monitora en Amamanta -un grupo de apoyo a la lactancia materna- explican su fascinación por la fotografía infantil. La facilidad con que los niños se pierden en sus propios juegos, en sus fantasías, alejándose así de esa realidad que no les conviene para luego trasmitir al espectador la maravilla de esas emociones. Así define Álvarez su trabajo. «No hay nada como descubrir el mundo a través de los ojos de un niño», confiesa.
Tras un año de aventura por Australia, que plasmó fotográficamente aquí para deleite de sus seguidores, la estabilidad ha vuelto de nuevo a su día a día, que dedica en gran parte a proyectos como el Lens op de Mens, el Festival Internacional de Fotografía de Overpelt. «Fue casi una casualidad que presentase tres de mis fotografías de la serie Explorers a este concurso», comenta el día de la entrega de premios. Pese a no haber sido galardonada, Álvarez está contenta de su participación ya que considera que es «imprescindible» ir abriéndose un hueco entre los fotógrafos de la zona, «sobre todo para que te conozcan y conozcan tu trabajo», añade. Hasta el próximo 31 de agosto, pueden visitarse las más de 500 fotografías expuestas por las calles de Overpelt, una apuesta municipal para acercar la fotografía y el arte al gran público.
«Mis hijos son mi gran inspiración pero también ellos crecerán y acabarán por irse», comenta de regreso a su casa, que es provisional, en el mejor sentido de la palabra. «Volver a Australia sería maravilloso», reconoce. Hasta entonces, seguirá fotografiando la inocencia de los niños que le rodean, como si a través del objetivo de su cámara pudiese captar todo aquello que Peter Pan se negaba a abandonar al llegar a la edad adulta.
por Elio Ronco Bonvehí | Jun 27, 2017 | Críticas, Música |
Se respiraba un ambiente de máxima expectación en la sala de la Royal Opera House de Londres antes de empezar la segunda función de Otello de Giuseppe Verdi, con Jonas Kaufmann en el rol titular. Si el historial de cancelaciones del bávaro convierte la compra de entradas para sus esperadas actuaciones en deporte de riesgo, la reciente mala racha de la ROH (incluida la polémica baja de Ludovic Tézier como Jago) no ayudó a tranquilizar a un público que agotó las entradas el mismo dio que se pusieron a la venta. No es extraño que se percibiera una sensación de respiro al ver aparecer al tenor justo antes del triunfal Esultate! (más…)
por Marina Hervás Muñoz | Jun 25, 2017 | Críticas, Música |
El pasado 18 de junio se cerraba conjuntamente esta edición del ciclo Sampler Sèries y del Sonar. Ya el año pasado hubo esta unión entre el público fijo del Sampler y los abonados al Sónar (aunque no todas las modalidades del pase incluían el concierto en L’Auditori). Y, al igual que el año pasado con Become Ocean de Luther Adams, claramente la selección del programa tenía una intención de atraer a un público poco acostumbrado, en general, a pisar L’Auditori y, en particular, conciertos de música contemporánea, por más que el Sónar se subtitule como “festival de música avanzada”. Lo que sucede aquí es una cuestión de marketing que habría que considerar con calma. En cualquier caso, el resultado fue un concierto anodino y con muchas carencias. La primera, las dos piezas de Nico Muhly, Quiet Music y Four studies for keyboard and two violins, dos obras que toman el lado más cursi del minimalismo (aunque Muhly denuncie una y otra vez que en él no caben etiquetas). Quiet music es una obra esquelética que solo a duras penas intenta crear rupturas en un discurso plano de acordes con escaso interés, interpretada por el propio Muhly con muy poca direccionalidad. Four studies for keyboard and two violins es, salvo el segundo movimiento, una obra que se queda con lo peor del romanticismo: frases sencillas que conectan fácilmente con el mundo emocional del oyente con alguna disonancia para crear la ficción de que la música, como dice Jacques Attali, debe tranquilizar el caos previamente creado por ella misma. Fue interpretado con una afinación poco precisa para las exigencias de la partitura y un vibrato excesivo innecesario. El teclado, con un volumen por debajo de los dos violines, disminuyó aún más su presencia hasta lo anecdótico. En la misma línea, escuchamos New Piece for Ayumi de Richard Reed Parry, sobre la que la violinista explicó que es una obra sin tempo fijo. El tempo viene dado por la respiración de algún asistente voluntario. Fue seleccionado un hombre de la primera fila que marcaba con su mano la cadencia de sus pulmones. Aparte de que Ayumi Paul no fue,muy exigente con la precisión siguiendo la mano del oyente, la pieza carecía de interés alguno a nivel musical, pudiendo pasar perfectamente por el esbozo de una obra futura. Paul mostró dificultades para afinar las partes más agudas y prácticamente el trabajo dinámico no estuvo presente en la pieza. Electric Counterpoint for electric guitar and tape, de Steve Reich, es una pieza que, pese a sacarle entre 25 y 30 años a las que componían en programa, demostró a mitad del concierto que lo moderno no es una cuestión cronológica. Aart Strootman no terminó de sentirse cómodo, aunque tuvo buenos momentos. La exigencia rítmica le hizo dejar de lado otros elementos, como la dinámica -algo fundamental en la versión de Mats Bergström y que permite el juego de lo mecánico y lo orgánico. Por último, cerró Death Speaks de David Lang. Esta obra intenta unir el mundo indie con el uso de la voz no impostada con el de la clásica. Se supone, además, que se inspira en los Lieder de Schubert que, en su mayoría de una forma u otra, tratan de la muerte. El resultado de la pieza es, en general, una demostración del horror vacui, pues la voz se mantiene y llena todo el espacio sonoro, algo cuestionable a nivel constructivo, pues no permite que la obra respire. Además, la interpretación resultó muy plana a nivel dinámico y hubo muy poca conexión entre los músicos, pese a formar parte de una banda estable, stargaze.
Hay dos cosas que creo que se encuentran detrás de esta programación. Por un lado, la necesaria reflexión de los compositores que deciden componer con los recursos de la tonalidad como si nada hubiera pasado. No se trata aquí de caer en el tópico del fankfurtiano Adorno -y trágicamente mal traducido- de que ya no se puede hacer poesía después de Auschwitz. La mayoría de los compositores que trabajan con los recursos de Muhly, donde también -aunque en otra liga- puede estar Glass o Nyman, tienen como herramienta teórica cosas como que, en un mundo donde lo que prima es la fealdad, la música tiene que conseguir la ardua tarea de recomponer la belleza sonora. El problema es que la fina línea entre lo bello y lo cursi o lo manido en los asuntos musicales suele ser muy fina. La tonalidad ha quedado dañada desde que en la vanguardia se pusieron en jaque mate sus cimientos, y esta música solo remarca sus fisuras. Por otro lado, estas obras que intentan unir lazos con la música popular urbana, como dicen los musicólogos, tienen el peligro de no estar ni en un lado ni en otro. Pero no por decisión propia, sino porque no hay fuerza en el trabajo compositivo. Algunas obras que no tienen tantas pretensiones del mundo del rock han sabido hacerlo hace décadas, sin intención de parecerse a nada, sino mostrando en sí mismas cómo muchas de las propuestas del mundo académico y del popular (la verdad es que no encuentro categorías mejores) ya se tocan. Solo hay que pensar en la electrónica o en el noise. Creo que esta colaboración entre el Sonar y el Sampler Sèries, que hace que se llenen las salas de L’Auditori destinadas habitualmente al Sampler, tiene que replantearse ser menos amable con el público del Sónar y arriesgarse con el programa que suele caracterizar el interés de los que somos fieles a las citas del Sampler. En esta propuesta se perdió algo de lo mejor de lo que suele ofrecer Sampler Sèries: no dejar a nadie indiferente, hacer que el oyente salga de los conciertos con muchas preguntas y su compromiso con las nuevas propuestas más rompedoras.
por Elio Ronco Bonvehí | Jun 22, 2017 | Críticas, Música |
Existe la ópera, la opereta, la anti-opera, la anti-anti-ópera, y ahora también la bebopera. Hackney Empire y la English National Opera presentaron por primera vez en Europa Charlie Parker’s YARDBIRD, estrenada en 2015 en Philadelphia, con música de Daniel Schnyder y libreto de Bridgette A. Wimberly. Por bebopera no hay que entender una ópera que usa las melodías del genial saxofonista o que sustituye la tradicional orquesta por una big band. El mérito de la obra reside en crear un lenguaje nuevo, que combina características del bebop y de la ópera. Y para ello, Schnyder y Wimberly parten de un interesante hecho biográfico: Parker admiraba la música de Bartók y Stravinsky, y ambicionaba componer obras instrumentales que integraran los instrumentos tradicionales de la orquesta (el album Charlie Parker with Strings, con arreglos de standards con sección de cuerda, fue una especie de consolación). Edgard Varèse cuenta que Parker le visitó varias veces pidiéndole lecciones («Sólo compongo una voz. Quiero tener estructura. Quiero escribir partituras orquestrales«, le dijo Parker). Pero Varèse se fue a París, y Parker murió de sobredosis antes de cumplir su sueño.
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por Elio Ronco Bonvehí | Jun 21, 2017 | Críticas, Música, Sin categoría |
Como preparación del verano que empieza en breve (por lo menos en términos astronómicos) el coro del King’s College de Londres y la Britten Sinfonia presentaron juntos un programa titulado Amor y Verano. El concierto tuvo lugar en la Sala Uno de Kings Place, un espacio para actividades artísticas y conferencias. Su relativa juventud (data del 2008), sus reducidas dimensiones y su localización apartada del centro de Londres, lo hacen menos conocido que grandes centros como el Barbican o el Southbank, pero su ambiciosa y estimulante programación merece ser tenida en cuenta. (más…)