por Diego Zorita Arroyo | Feb 12, 2021 | Críticas, Libros, Sin categoría |
Título: La renta básica. ¿Por qué y para qué?
Autor: Daniel Raventós
Libros de la Catarata (2021)
190 pgs.
Quizá uno de los rasgos característicos de las disputas y querellas que se suceden cíclica y recurrentemente en Twitter, con un resultado siempre rayano en la intraducibilidad de los argumentos propios con los del otro, sea que estas contiendas tienen un componente puramente normativo o ideológico que nunca termina de materializarse en alguna propuesta de reforma de nuestro sistema legislativo, jurídico o institucional. Los enfrentamientos se suelen dar siempre en esos términos puramente valorativos sin que la discusión se asiente sobre una reforma concreta. Una de las disputas que, en los últimos años, ha concitado reacciones más fervorosas fue la que alcanzó su punto de ebullición con la publicación de La trampa de la diversidad (2018) de Daniel Bernabé y en la que se enfrentaban a un lado del ring, los defensores de la auténtica clase obrera, adalid de la revolución socialista y verdadera agente de la emancipación, tristemente menospreciada y vituperada en estos fatuos tiempos posmodernos (pueden ustedes ponerles las caras y nombres conocidos a nuestro boxeador), al otro lado del cuadrilátero, la estirpe de todos los feminismos, los hijos de los subalternos y todas las otras identidades que se consideraban herederos legítimos del cetro de la emancipación y nueva vanguardia política. Más allá de un análisis mesurado de la justicia y pertinencia histórica de cada uno de los contendientes, ambos comparten una misma predisposición a mantener el combate en un plano normativo, a saber, aquel que orbita en torno a la querella: ¿quién es el agente de la emancipación en torno al que se condensa la respuesta contestataria de nuestro tiempo?
El interés que reviste una propuesta de política económica como la renta básica es que usa una técnica de lucha distinta a la del boxeo, en lugar de enfangarse en la pura disputa normativa o ideológica plantea la resolución hipotética de sometimientos socialmente transversales, en tanto que emanan del extendidísimo e implacable hecho de que “quien pan quiere algo le cuesta”. La asignación de una renta básica universal, incondicional, individual y monetaria al total de la población de un Estado constituye una posible solución tan sencilla como ambiciosa al conjunto de problemas derivados del hecho de que nuestra existencia material depende de un trabajo remunerado en un país con una tasa de desempleo del 16%.
A esta propuesta de política económica ha dedicado Daniel Raventós su último libro La renta básica. ¿Por qué y para qué? (2021) cuyo espíritu circunstancial, nacido al albor de las terribles consecuencias económicas y sociales derivadas de la pandemia del COVID-19, no impide que el texto transcienda la anécdota para analizar de forma brillante, exhaustiva y clarísima los grandes problemas de un tiempo que se inició con la consolidación del modo de producción capitalista. Circunstancial por cuanto el libro dedica su primer capítulo a ofrecer una rigurosa y exhaustiva relación de razones que ponen de manifiesto la ineficacia y la carestía de los subsidios condicionados, en un país que acaba de instaurar el Ingreso Mínimo Vital, cuya fortuna está siendo tan triste como previsiblemente escasa. Digo previsible porque, pocos días después de su aprobación, el propio Daniel Raventós participaba en la Comisión de Reconstrucción Económica y Social para exponer los argumentos que, desarrollados en el primer capítulo de este libro, hacen de los subsidios condicionados una medida ineficiente, tan económica como socialmente.

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Entre los argumentos que Daniel Raventós ofrece se encuentran los siguientes: los subsidios condicionados conllevan un fuerte desincentivo a la búsqueda activa de trabajo remunerado, por cuanto su percepción es dependiente o parcialmente dependientemente de la situación de desempleo, suponen un alto coste administrativo causado por la minuciosa tarea de control que exige la condicionalidad, es decir, un ejército de burócratas que certifiquen el cumplimiento de las condiciones necesarias para su percepción, obligan a comparecer institucionalmente como pobres a los solicitantes, lo que lleva, bien a la estigmatización social, bien a la negativa a ser reconocido institucionalmente como tal y, de forma más sonada con respecto al IVM, no alcanzan a cubrir el porcentaje de la población que habría de ser beneficiaria de los mismos y, en el caso de aquellos que podrían ser potenciales beneficiarios, no llegan nunca a solicitarlos por las dificultades administrativas que implica su solicitud.
En este sentido, el libro se inscribe de lleno en una discusión actual de política económica y pretende funcionar como una sosegada reflexión con respecto a la parcialidad y la ineficacia del Ingreso Mínimo Vital que ha sido presentado, en la inflamada retórica política de nuestro tiempo, como un “nuevo derecho social”. No obstante, como señalaba previamente, el hecho de que el libro pretenda responder a una cuestión política de actualidad no obsta para que su defensa de la renta básica se desarrolle en el contexto de una reflexión sobre la justicia. A esta justificación normativa de la renta básica frente a los subsidios condicionados dedica Daniel Raventós el segundo capítulo del texto. En él la renta básica aparece como una medida de política económica basada en principios republicanos socialistas, el primero de los cuales es una concepción de la libertad como ausencia de dominación. Esta tradición republicana democrática entiende que el ejercicio pleno de la libertad tiene como requisito una existencia material garantizada pues, en una situación tal de dependencia material que impida asegurar la mera subsistencia, uno se ve forzado a subrogarse a los intereses de terceros. Un Estado regido por principios republicanos democráticos habría de asegurar la existencia material de sus ciudadanos como salvaguarda de su libertad frente a interferencias arbitrarias de terceros. Esta concepción de la libertad es la que ha llevado a algunos de los miembros de la escuela de Raventós (destacablemente Antoni Doménech) a hablar de “la naturaleza propietaria o propietarista del republicanismo” desde el momento en que la existencia material presupone el control de un conjunto de recursos que la aseguren.
La renta básica sería, por tanto, una medida de política económica fundamental para universalizar la libertad republicana al conjunto de los ciudadanos. Y es, en este punto, donde radica una de las diferencias normativas fundamentales entre la renta básica y los subsidios condicionados en la medida en que los subsidios condicionados son concebidos como una ayuda ex post que el Estado ofrece a un conjunto de ciudadanos que han sufrido graves pérdidas o que han fracasado en su lucha por encontrar un trabajo remunerado, mientras que la renta básica se concibe como un forma de asegurar ex ante el pleno ejercicio de la libertad republicana en tanto derecho de ciudadanía. La renta básica constituye un derecho de ciudadanía por el simple hecho de pertenecer a una sociedad política en la que, gracias a la renta básica, poder participar más plenamente.

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Como señalaba arriba, el interés que pueda tener la renta básica en los debates políticos actuales es que su propuesta normativa está necesariamente imbricada con una herramienta práctica de realización de sus presupuestos ideológicos. Si en su contraste con los subsidios condicionados, la renta básica revelaba su particularidad normativa por cuanto es concebida como un derecho de ciudadanía, en su forma de financiación la renta básica muestra otro de sus presupuestos ideológicos: que toda concentración oligopólica de la riqueza, como la acontecida a partir del siglo XIX y que, a día de hoy, está en su momento dulce, atenta contra la libertad de la mayoría no rica por cuanto dichos grandes oligopolios pueden imponer su concepción del bien privado. Este poder se hace evidente, a día de hoy, en los conflictos sobre la libertad de expresión en las redes donde las grandes empresas son soberanas a la hora de censurar determinadas cuentas personas, en lugar de que esta limitación del derecho a la libertad de expresión emane de decisiones públicas y transparentes cuya legitimidad sea democrática. Como señala el propio Raventós “quien ejerce un dominium sobre los objetos amparado en una supuesta soberanía absoluta sobre su propiedad también tiene la capacidad de ejercer imperium poniendo a sus órdenes los poderes públicos y a sus conciudadanos” (96). Ante las grandes fortunas, el Estado, para asegurar la neutralidad, debe impedir la formación de grandes fortunas. Si bien es cierto que este no es el tema central del texto, se echa en falta una justificación normativa más pormenorizada de la potestad del estado para impedir la formación de fortunas que gocen de la capacidad de determinar el bien común o, al menos, una explicación de cómo es compatible esta regulación con la concepción liberal y antipaternalista del estado.
El tercer capítulo del libro es el más técnico y en el se exponen los modelos formales de financiación de una renta básica para el estado español. No voy a entrar a describir la reforma del sistema fiscal que propone Raventós pues no creo que esté en condiciones de igualar su claridad expositiva. En todo caso, si merece la pena señalar que el principio que rige la reforma fiscal planteada para financiar la renta básica es el de una redistribución de la riqueza que mejore la renta del 70% de la población. Según Raventós, junto con los colaboradores en este modelo, la renta básica podría financiarse sin generar un déficit neto estructural sustituyendo cualquier prestación social preexistente por una renta básica igual al umbral de la pobreza y exenta de IRPF, de modo que aquellos subsidios sociales que suponían una renta inferior desaparecerían en beneficio del importe de la renta básica y los que la superaran serían sustituidos por la renta básica más la diferencia del subsidio eliminado. Junto con la sustitución de cualquier otro subsidio condicionado, Raventós plantea que la financiación de la renta básica sería factible mediante un tipo único del 49,02%. En la fundamentación de la financiación de la RB se hace patente otro de sus aspectos normativos fundamentales: frente a las propuestas neoliberales que conciben la renta básica como una oportunidad de desmantelamiento del estado bienestar, la propuesta de Raventós la concibe como un complemento del estado bienestar que, al tiempo, ayude a restañar las grandes diferencias de riqueza entre los ciudadanos y asegure universalmente su existencia material.

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Los tres últimos capítulos del libro están dedicados a aspectos más tangenciales pero no menos significativos: el capítulo cuarto se dedica a justificar la necesidad de una renta básica en un contexto socioeconómico de progresiva pérdida de empleos por la robotización y contraargumenta las críticas que, desde el sindicalismo, se han hecho de la RB por cuanto podría poner en peligro la capacidad de negociación colectiva de los trabajadores o que supondría un descenso generalizado de los salarios. Frente a esta última, Raventós apunta, como en muchas otras secciones del libro, que la RB solo es una medida de política económica, no toda una política económica y que, en ese sentido, debe ser complementada con otros mecanismos como el salario mínimo interprofesional. En el capítulo quinto, Raventós hace un repaso de los proyectos piloto de RB que se han desarrollado a lo largo del mundo, dedicando especial atención a la incidencia que han tenido en la mejora de la salud mental de las poblaciones donde se han implementado, al verse liberados de la angustia derivada de la posibilidad de la pobreza. El último capítulo, es una clarividente distinción sobre la categoría de trabajo que comprende tanto el trabajo remunerado, el reproductivo y el voluntario y una prometedora argumentación de los efectos positivos que la RB podría tener sobre cada una de esas esferas, especialmente en la redistribución de los deberes comprendidos en el trabajo reproductivo, tradicionalmente realizados por mujeres y sistemáticamente excluidos tanto de la remuneración como del reconocimiento de su función vital para la esfera productiva.
El libro de Raventós que, en realidad, es el libro de los múltiples colaboradores con los que ha trabajado para dar a luz las distintas investigaciones que contiene el libro (entre los que se encuentran Nuria Alabao, David Casassas, Sergio Raventós o Jordi Arcarons) cumple como contribución circunstancial a la crítica de la parcialidad del IVM y como alegato en favor de la necesidad de una renta básica para paliar las consecuencias de la crisis de la COVID-19. En ese sentido, es un libro certero por oportuno, se escribe y publica en el momento exacto. Pero también es un libro certero por cuanto cierto, que nada tiene que envidiar a los de Van Parisj (2017) y Standing (2017) sobre la misma cuestión, y que defiende con rigor, claridad y distinción la renta básica como un derecho de ciudadanía necesario para asegurar la libertad efectiva de todas las personas en la era de la automatización del trabajo y los trabajos de mierda.
por Rubén Fausto Murillo | Feb 10, 2021 | Críticas, Música |
El eminente musicólogo Español Adolfo Salazar, en uno de los ensayos que publicó en Ciudad de México en 1951 sobre J.S. Bach, se lamentaba sobre la “incomprensión” con que el romanticismo había tratado a Bach. En su opinión, solo había sido reconocido y admirando en el maestro de Leipzig, su consumada técnica compositiva y no la profundidad, belleza y expresividad de su obra. Evidentemente que esta es una opinión muy personal de Salazar, pero que ha venido a mi memoria, tras muchos años de haberla leído, la noche del pasado 2 de febrero, en que algunos afortunados, reunidos en el Palau de la Música, tuvimos la oportunidad de disfrutar de una espléndida lectura, del primer libro de El clave bien temperado, de J.S. Bach.
El clave bien temperado, es una obra fundamental dentro de la música Occidental. Finalizado muy probablemente en 1722, este libro junto con el segundo que terminó el maestro, no fue publicado hasta 1744, después de su fallecimiento. Cada tomo cuenta con 24 preludios y fugas, escritos en todas las tonalidades de la escala cromática. La posibilidad de explorar la afinación temperada, siendo esta, la que se realiza afinando los sonidos de todas las teclas, manteniendo entre las que son contiguas la misma distancia, de modo que entre ellas siempre haya medio tono exacto, entusiasmó mucho a Bach desde muy joven. Nosotros hemos vivido siempre bajo esta afinación y nos parece la más natural posible, pero antes de esta posibilidad, si se quería tocar alguna pieza sobre un teclado afinado bajo la afinación pitagórica, que era la más utilizada entre otras posible, había que ajustar la afinación del teclado, porque de lo contrario, la música sonaba simplemente desafinada, lo que limitaba mucho las tonalidades en las que se podía trabajar.
Bach se propone con este libro, mostrar las inmensas posibilidades a nivel tonal que se tenían bajo este sistema de afinación y por ello escribió un preludio y una fuga en cada uno de los 24 tonos, tanto mayores como menores, que existen en la escala cromática. El resultado es simplemente increíble, porque explora en profundidad las posibilidades técnicas para el intérprete, así como las expresivas, que esta inmensa paleta tonal le permite trabajar. El clave bien temperado, actualmente, es una obra indispensable para todos los aspirantes a pianistas, pero también es una obra que todos los músicos hemos trabajado a nivel de análisis, tanto de sus preludios, como de sus asombrosas fugas. Y este es el nivel en el que Adolfo Salazar viene a mi memoria, porque durante décadas, se ha dicho que el clave bien temperado, muestra a un Bach más bien frío y matemático, asombroso en su técnica, pero inexpresivo. Y el pasado martes 2 de febrero, mientras escuchaba el preludio en mi bemol menor BWV 853, fue simplemente imposible no conmoverme ante algo tan sincero y hermoso.
Schaghajegh Nosrati, pianista alemana de origen israelí, que ya había debutado en nuestra ciudad el pasado agosto, realizó una interpretación de la obra simplemente fantástica. Nosrati no solo es una pianista consumada, con una técnica muy consolidada, unos dedos muy fuertes y ágiles, además de mostrar una precisión y una amplia gama de ataques que le permiten tejer y hacer cantar muy bien, las voces de una fuga. Es, además, un consumado músico, que conoce perfectamente cada uno de los preludios y fugas que integran la obra y supo muy bien cómo desplegar las partes que la conforman. Creó una lectura fiel al texto original, pero tomando decisiones que le dieron vida y empuje a su interpretación. No solo se trataba de disparar notas y mostrar el alto grado de su técnica pianística, sino de realizar una ejecución trascendental de una obra tan relevante.
Bach es para Nosrati su autor talismán y ya el pasado agosto interpretó en el Palau de la música, la Partita núm.2 en Do menor, BWV 826, obteniendo un inmenso éxito. Pero tocar El clave bien temperado es subir varios grados, pues para poder hacerle frente con éxito a semejante empresa, se requiere no solo de haber trabajado por muchos años la obra, sino de poder administrar y mantener una tensión y una concentración muy intensas durante casi dos horas ininterrumpidas. Con tan solo 32 años y un brillantísimo curriculum, la carrera de Schaghajegh Nosrati, promete y mucho. Viendo lo pronto que regreso a casa nostra, creo que podemos decir que se ha iniciado una muy buena relación entre ella y el público barcelonés. Seguimos.
por Irene Cueto | Ene 10, 2021 | Cine, Críticas |
Soul ha sido el gran estreno de Pixar en Disney+ esta Navidad. En ella se narra la historia de un profesor de Música de un instituto: Joe Gardner (interpretado en la versión original por Jamie Foxx) quien trata de enseñarles a sus alumnos la pasión que puede llegar a despertar la música en las personas. Sin embargo, su aspiración personal es ser pianista de una banda de jazz y tocar en clubs. Ese camino no le resultará nada fácil, sobre todo porque debido a un accidente (aparece en el tráiler), su alma llega a un lugar donde las almas adquieren sus características. Es allí donde conoce a la pequeña alma 22 (Tina Fey), quien se convertirá en una gran compañera.
El director es Pete Docter, quien ya dirigió Up (2009) y la famosa Inside Out (2015). Siguiendo esta estela, plantea una serie de cuestiones relacionadas con el significado de la vida y cómo podemos llegar a vivirla. Esto también planteó reticencias por parte de algunos espectadores porque esperaban una película infantil. Ahora bien, ¿por qué las películas de animación han de ser (exclusivamente) para niños? Esta es otra manera de plantearle al público adulto a través de una propuesta atractiva los temas anteriormente mencionados y, de paso, hacerles reflexionar sobre ello.
Cuando hablamos de las películas de Pixar se espera que el resultado visual sea muy atractivo. No obstante, en este trabajo los efectos visuales van mucho más allá, tanto en el mundo terrenal como en el que no podemos vislumbrar. La diferencia entre esos mundos a nivel a todos los niveles también es evidente: desde el ritmo frenético por nuestro estilo de vida en la Tierra hasta conseguir sensación de lo etéreo en el mundo de las almas.
Soul, además, es un estilo musical afroamericano que nació en Estados Unidos en la década de 1950. Por tanto, la elección de un protagonista afroamericano que toca jazz es un doble guiño en este trabajo. De hecho, uno de sus elementos más importantes y constantes es el valor que se le da a la música en la vida y en las aspiraciones de su protagonista adulto. Concretamente su pasión es el jazz, el cual constituye un eje vertebrador a lo largo de toda la película. No es para menos, ya que la banda sonora es uno de los atractivos de este filme.
Con esta música de jazz se puede lograr entender la pasión y la necesidad que siente el protagonista de tocar su música, tanto en solitario como en una banda de jazz. Esta maravilla musical corre a cargo de los compositores Jon Batiste, Trent Reznor y Atticus Ross.
Pueden disfrutar esta banda sonora en el siguiente enlace:
En cuanto a su relación con 22, resulta ser una amistad quijotesca en la que quien en un principio iba a ser el mentor de esa pequeña alma, acaba aprendiendo la lección más valiosa. Entre esa gran revelación se encuentra disfrutar de los pequeños grandes instantes de la vida.
Por tanto, Soul es una película que invita a disfrutar a nivel visual y musical con una ideas que invitan a reflexionar sobre la vida y qué sentido le damos a vivirla. Así que ya saben: jazzeen.
por Diego Zorita Arroyo | Dic 26, 2020 | Críticas, Libros, Sin categoría |
Conocimiento expropiado. Epistemología política en una democracia radical
Fernando Broncano
Akal
456 pps.
El último libro de Fernando Broncano, Conocimiento expropiado. Epistemología política en una democracia radical (2020) constituye un creativo y ambicioso compendio de epistemología política cuya virtud más sobresaliente quizá sea la de hacer de su estructura una sistemática y transparente síntesis de su orden de argumentación. Así, el libro queda estructurado en tres grandes partes: la primera sección, donde se establece una definición de conocimiento como agencia, según la cual el conocimiento es un logro que se realiza no por suerte sino por el ejercicio de las virtudes epistémicas del sujeto; la segunda en la que se analizan las injusticias epistémicas que frustran o sesgan el ejercicio de estas virtudes y la tercera y última en la que se hace un defensa decidida de la preeminencia epistémica de la democracia como modo de organización social.
A pesar de que la definición del conocimiento que Broncano emplea en la primera sección ha nacido en los últimos años, el autor decide realizar una genealogía de la noción de conocimiento como proyecto de emancipación en la tradición filosófica de la modernidad, donde rastrea la idea del conocimiento como agencia en Descartes o Hegel. Esta primera parte, sin embargo, resulta ser la menos lograda del libro puesto que las exposiciones que Broncano realiza de Descartes, Schiller o Hegel, no consiguen conectar con la naturaleza necesariamente social del conocimiento desde la que se construyen los argumentos centrales del texto. Si bien es cierto que la propuesta de recuperar la idea moderna en virtud de la cual el conocimiento como agencia constituye un proyecto de emancipación se imbrica convincentemente con la defensa del conocimiento en una democracia radical, creo que la noción del conocimiento como un proceso social basado en la institución del testimonio es inconmensurable con las propuestas de la filosofía moderna y que, entre ambas épocas, se dan diferencias difíciles de salvar.
El paso de esta primera sección del libro a la segunda se realiza mediante un análisis de las determinaciones exteriores del conocimiento como ejercicio de las virtudes epistémicas del sujeto. Se muestran así las múltiples dependencias sociales que condicionan pero que también constituyen la capacidad individual de conocimiento del mundo. Estas dependencias son múltiples: semánticas, conceptuales, causales, epistémicas, técnicas… Desde el audífono que una persona con pérdida de oído precisa para tener noticia auditiva del mundo que le rodea hasta las instrucciones que un operario ofrece sobre el funcionamiento de una máquina. El propósito de este capítulo que introduce la segunda sección del libro es compatibilizar la defensa del conocimiento como manifestación de la autonomía personal y la radical dependencia epistémica que lo constituye. En este proyecto de hacer compatible la autonomía con la dependencia epistémica la institución social del testimonio como relación social normativa, de la que se derivan un conjunto de normas y deberes, es fundamental. En este sentido, el origen del conocimiento deja de ser la experiencia directa de lo acontecido, o los hechos reducibles a contenidos observables, para convertirse en las palabras escuchadas de la boca de otra persona, que son revestidas de autoridad por cuanto otro las reconoce y acepta. Es precisamente en la medida en que el conocimiento constituye una empresa social cooperativa regulada por la institución del testimonio que existen fenómenos de distorsión epistémica que atentan contra el funcionamiento de la institución. En esos compases del libro parece bordearse la cuestión de si merecerían algún tipo de castigo determinados daños epistémicos o si debería de implantarse algún tipo de control para que estos no ocurrieran.
Son estos fenómenos los que, bajo el nombre de injusticias epistémicas, se analizan en la segunda sección del libro. Apunta Broncano que la estructura epistémica de una sociedad puede analizarse en dos niveles: uno epistémico o social, que refiere la función del conocimiento en la reproducción de la sociedad y otro normativo, que nos pemite enjuiciar cuándo se está produciendo una cierta distorsión epistémica o incluso una forma de injusticia propiamente epistémica. Habla Broncano de injusticias epistémicas no solamente por cuanto se ofrecen imágenes deformadas o viciadas de la realidad, sino porque la mentira daña la confianza en la institución del testimonio y atenta contra esta forma de construcción cooperativa del conocimiento. Resulta, en este contexto, especialmente significativa la reformulación que Broncano realiza del concepto de imaginario criticando las elaboraciones tradicionales que lo han considerado como exento de atributos epistémicos normativos por cuanto estaría más allá de la dicotomía de verdad/ficción o conocimiento /creencia, operando como una interfaz global en nuestra relación con el mundo. Sin embargo, en palabras del propio Broncano, es su “propiedad estructurante la que convierte a los imaginarios en la mediación cultural entre la posición social y la posición epistémicas y por ello en el mecanismo más poderoso de producción de injusticia epistémica” (Broncano 226).
En esta breve reseña no puedo dar cuenta de todas las propuestas interesantes del texto que, como señalaba, tiene el carácter expansivo de un compendio. La síntesis panorámica de los estudios de agnotología que Broncano ofrece en el último capítulo de la segunda sección es muy útil como introducción a esta corriente de estudio. La última de las secciones del texto constituye una defensa de la democracia radical como un modo de organización social cuya legitimidad no emana solamente de la mayor justicia de sus procedimientos de representación mayoritaria – a pesar de los múltiples y recurrentes errores a los que da lugar – sino que procede de su preeminencia epistémica frente a otros modos de organización epistocráticos. Apoyándose en el texto de Helen Landèmore, «Democratic Reason: Politics, Collective Intelligence, and the Rule of the Many», realiza Broncano una defensa de la democracia independiente de sus procedimientos, haciendo descansar su primacía en la eficiencia de las decisiones y soluciones tomadas según criterios democráticos. En este sentido, la agregación de las preferencias mayoritarias, la deliberación pública, la participación pública ciudadana y la asignación pública de autoridad epistémica constituirían todos ellas virtudes que sostienen la superioridad epistemológica de la democracia. Si el libro se iniciaba con una defensa de una concepción social del conocimiento, cuya institución reguladora es el testimonio y avanzaba a su segunda sección analizando las injusticias epistémicas que atentaban contra esta institución, minando la confianza que la fundamenta, se cierra con una defensa de la democracia como aquel modo de organización política que mejor protege y mejor se sirve del conocimiento, articulando un espacio social que protegiera la institución del testimonio y que fundara sus decisiones en la cooperación cognitiva.
Donde el libro de Broncano resulta más potente e iluminador es en el análisis del carácter normativo de la institución del testimonio como fuente del conocimiento. De acuerdo con este análisis, la estructura de la institución del conocimiento se fundaría en el reconocimiento de la autoridad de la persona experta la cual a su vez se ve compelida a responder verdaderamente identificándose y responsabilizándose de la legitimidad que el otro le asigna. El carácter normativo de la institución hace que la persona experta goce del derecho a ser creída, así como la persona que hace la pregunta o busca el conocimiento tiene el derecho a la respuesta verdadera del experto. La rigurosidad y sistematicidad en la exposición de los argumentos no obstan para que Fernando Broncano consiga mostrar la relevancia social y política de esta reconsideración filosófica de la noción de conocimiento, conectándola con determinados problemas contemporáneas como los Panamá Papers o los conflictos sobre la redefinición de la noción de clase, aka, la supuesta trampa de la diversidad. En definitiva, a pesar de las múltiples erratas que jalonan el texto, que, aunque no obstaculizan la comprensión en ocasiones llegan a introducir cierta ambigüedad, el libro constituye una inigualable contribución a la redefinición del concepto de conocimiento pero, también, un urgente alegato político en defensa (epistémica) de una democracia radical.
por Diego Zorita Arroyo | Oct 25, 2020 | Críticas, Libros |
Título: Dioses contra microbios. Los griegos y la Covid-19
Autor: Alejandro Gándara
Editorial Ariel (2020)
221 páginas
El último libro de Alejandro Gándara que publica la editorial Ariel pretende ser una actualización de la filosofía antigua a la situación de crisis desatada por la pandemia de coronavirus. Mediante un juego metafórico con la noción de contagio, el autor postula que no solo vivimos en una pandemia porque el virus se transmita comunitariamente, sino que estamos también contagiados de modelos de pensamiento dominantes enfermos e incapaces para sobrevivir a una crisis. La filosofía antigua constituye aquel bastión al que el autor retorna y desde el cual resiste las embestidas del pensamiento dominante.
En una mezcla libérrima de autobiografía, ensayo y diario, el autor desgrana sus ocurrencias sobre la metamorfosis que está experimentando una sociedad -en el tiempo de la redacción del texto, todavía confinada- por la emergencia de un nuevo virus. El género en el que se podría inscribir el texto de Alejandro Gándara es aquel en el que Marco Aurelio escribió sus Meditaciones, los hypomnemata, un conjunto de reflexiones que uno escribe para sí mismo, como un recordatorio, una clarificación o una actualización de verdades que se ponen en práctica ante nuevas situaciones vitales. Los hypomnemata son, por tanto, soportes escritos de recuerdos que condensan máximas de actuación y a los que se retorna en situaciones vitales novedosas o especialmente traumáticas.
En la antigüedad clásica los hypomnemata podían ser también enviados como cartas, transcendiendo así su carácter privado para que las máximas y reflexiones allí contenidas se reactivaran al ponerse a disposición de otro. El riesgo que aquí se corre es el del anacronismo por cuanto dicha correspondencia se realizaba entre familiares o miembros de una misma escuela de pensamiento que compartían un conjunto de presuposiciones, no solo morales sino también cósmicas, sobre el mundo. El contexto actual, tanto el del mercado del libro como el de las presuposiciones morales sobre el mundo, no es el mismo y lo que en la antigüedad clásica era una forma de cuidado de sí y de los otros puede ser leído, en la situación presente, como el intento de reanimación de aquel mundo que ya fue, como una carta sin destinatario.
El primero de los capítulos titulado «Metamorfosis, zona cero» creo que es uno de los más logrados del libro en tanto que es aquel que consigue exponer algunas de las problemáticas surgidas a raíz de la pandemia desde la perspectiva de la cosmovisión griega clásica sin caer en una enojada añoranza de la sociedad que aquella cosmovisión tramaba. La emergencia de un virus zoonótico que ha transformado radicalmente el orden mundial y que ha propiciado la muerte de miles de personas se presenta en el tapiz de la concepción griega clásica sobre los dioses como personificaciones metamórficas de las fuerzas prepotentes de la naturaleza. Así, si, por una parte, la mitología clásica servía como un procedimiento de ordenación simbólica de las amenazantes fuerzas de la naturaleza, también constituía una afirmación de su inasible carácter metamórfico. El autor, retomando una de las máximas más recurrentes de la Estoa, nos invitaba a aceptar la naturaleza metamórfica de la naturaleza condensada en esta máxima de las Meditaciones de Marco Aurelio: El tiempo es un río y una corriente impetuosa de acontecimientos. Apenas se deja ver cada cosa, es arrastrada; se presenta otra, y esta también va a ser arrastrada.
Si algo ha revelado la pandemia de coronavirus es el límite de nuestros conocimientos, lo que, a su vez, ha puesto de manifiesto la impotencia humana para anticipar, controlar y domesticar los fenómenos de la naturaleza. La magnitud del acontecimiento, sin embargo, no trae consigo una justificación de su acaecimiento y es precisamente su carácter neutral y absolutamente indiferente para con las empresas y los empeños humanos el acicate de racionalizaciones teológicas; véase, por ejemplo, aquella que recurre al tropo de la venganza de la naturaleza para, en un antropomorfismo mitológico, interpretar moralmente la aparición de este virus como una reacción airada y violenta de la madre tierra contra la especie que más populosamente la puebla. Considérese aquella otra que postula la existencia de un gran secreto geopolítico para señalar, como responsables de la creación y expansión del virus, a una élite que, clandestinamente, planificaría el destino de las sociedades occidentales.
A esta necesidad de dar una explicación simbólica de la pandemia trata de responder el segundo capítulo del texto «Las palabras y los virus» postulando, creo yo, una dicotomía artificiosa y manida entre los números y las letras: la fría y dominadora cuantificación del mundo se opondría a su delicada y sensible simbolización lingüística. La dicotomía está transida de una melancólica añoranza por un mundo anterior a los descubrimientos de la ciencia natural moderna que consideraban el mundo como un libro de geometría. Compartiendo aquel diagnóstico según el cual la pandemia de coronavirus requiere de formas de justificación simbólica que la doten de sentido y aceptando, incluso, que la imaginación narrativa puede jugar un papel fundamental en dicho trabajo de simbolización, tanto para explicar como para orientar la acción, no me parece que dicha defensa de las formas de imaginación simbólica, de la palabra, en los términos de Gándara, tenga que estar reñida con el conocimiento científico del mundo.
Todo el capítulo segundo del libro constituye una crítica del acercamiento cuantitativo a los efectos y consecuencias de la pandemia y recuerda lejanamente a las críticas de Heidegger al espíritu de la técnica y el olvido del ser. La tesis general del capítulo es la oposición entre la cuantificación del mundo como un procedimiento de control y dominio político, presente en la multiplicidad de estadísticas sobre contagios, muertos, aumento del paro, ocupación hospitalaria, número de PCRs realizadas, etc. Y la comprensión griega clásica según la cual «el universo, la naturaleza, llevaba en sí el número» (112). Desde esta perspectiva, la razón cuantitativa y numérica no vendría sino a opacar las formas simbólicas, sensibles y delicadas, en la representación de la pandemia, imponiendo una ideología de la administración burocrática que «fagocita el nombre. Un nombre metido en un número vuelve transparente a la persona, pero no se trata de sentimientos ni de la guerra ingenua y romántica contra la cifra. Es que la persona, en un medio donde el nombre es sustituido o desvalorizado, se va sintiendo número» (122)
Si bien es cierto que la pandemia ha puesto de manifiesto la magnitud de nuestro desconocimiento y ha desatado un ansia de justificación simbólica que dé sentido a su emergencia azarosa, no creo que estos procedimientos de imaginación simbólica estén siendo opacados o defenestrados por la fuerza matematizadora que, en su avasallador dominio, desustancia al ser humano. La oposición resulta manida y artificiosa y adolece de una nostalgia por aquel tiempo primitivo de la oralidad salvaje donde el número estaba al servicio de la articulación rítmica de los versos y servía para fortalecer la memorización de los contenidos en ellos transmitidos y movilizaba todo el sensorio corporal en una fiesta colectiva donde se tramaba el sentido de la comunidad. Uno de los epígrafes del segundo capítulo se titulada Cuando el número era el ritmo. Las distintas ciencias puestas al servicio del conocimiento y el control de la pandemia no creo que sean una forma de olvido del ser sino, más bien, un modo de autoafirmación humana que ejerce una resistencia frente al poder arbitrario de la naturaleza. La oposición que vehicula este capítulo creo que adolece de los vicios que lastran el desarrollo de los siguientes: la nostalgia por las sociedades integradas de la Antigüedad clásica y la cosmovisión que aseguraba dicha integración se postulan como ideales para nuestro mundo sin que se tenga en cuenta todo lo que, desde entonces, hemos perdido, pero sin valorar pertinentemente aquello que hemos logrado.
por Ramón del Buey Cañas | Oct 3, 2020 | Críticas, Música |
Si lo que se pondera es la escenografía del Un ballo in maschera que inaugura la temporada 2020/2021 del Teatro Real, uno desea que el arranque del primer acto y el cierre de la función no operen como los augurios de la pitonisa verdiana, uno quiere que no acaben convirtiéndose, por azar o por necesidad, en el signo que definirá la secuencia del resto de obras programadas durante el presente curso. Porque la cámara del Parlamento de Boston en la que se inicia la acción y el salón «amplio y ricamente decorado en la residencia del gobernador» constituyen lo menos malogrado del diseño de Gianmaria Aliverta, quien, independientemente de las dificultades circundantes a esta producción, ofrece elementos dramatúrgicos valiosos únicamente en su comienzo y en su conclusión.
Cuando se alza el telón acude vagamente al recuerdo el montaje con el que en 2012 se abría la Poppea e Nerone de Krzysztof Warlikowski: hileras de mesas (aunque esta vez de perfil y no frontalmente, como era el caso en la ópera de Monteverdi) y un orador que medita erguido (en aquella ocasión el Séneca glorioso de Willard White, ahora Fabiano, entero y consistente, encarnando a Riccardo, que ejerce su profesión con una credibilidad que sólo le tributan quienes se lo encuentran de cara y a su misma altura). Más arriba, en el paraíso de la sala, se divisa a los conspiradores, visiblemente peor vestidos, amontonados y alborotados: traman, guiados por Samuel y Tom (Daniel Giulianini y Goderdzi Janelidze respectivamente, ambos correctos en su papel), el asesinato de un Riccardo completamente obnubilado por su pasión secreta.
Todo lo que se contempla sobre la tarima hasta la consumación del complot resulta en buena medida intrascendente por decorativo y aburrido por obvio: desde el movimiento ortopédico de espejos (que evoca a cámara lenta, tal vez involuntariamente, los espasmos del séquito de Ulrica) hasta la cruz que arde en los campos desolados donde el Ku Klux Klan lleva a cabo sus asesinatos (un rescoldo a escala únicamente en tamaño del recurso que ya enturbiara precisamente otro Verdi inaugural, el Don Carlo del año anterior), pasando por el monumentalismo barato de la bandera de Estados Unidos y la cabeza decapitada de la Estatua de la Libertad (que, por cierto, suscita un elocuente símil con la clausura de la versión cinematográfica de Schaffner de El planeta de los simios).
Por eso, el cuadro conclusivo acaso parezca mejor de lo que en realidad es: la coreografía testimonial danza al compás de un minueto que desprende la mayor fuerza dramática, a pesar del número de personas que pueblan el escenario mientras tanto, a pesar del disparo que quita la vida de Riccardo y a pesar de la anagnórisis sentimental postrera, que revela las verdaderas intenciones de éste.
Pero justamente en virtud de la primacía musical que tiñe el mencionado episodio conviene prodigar comentarios de muy distinta índole al apartado orquestal y coral. En primer lugar, fue digna de aplauso la labor de Luisotti en el foso, cada vez más ampliamente reconocida por el público del Real. Es cierto que hubo momentos de duda y falta de compenetración con sus músicos, y también acudió eventualmente como rescate rítmico en socorro del canto; sin embargo, la sonrisa y la incandescencia del italiano parecieran capaces de disipar cualquier mal pensamiento o incertidumbre.
En cuanto al elenco solista, Pirozzi se alza por encima de las demás voces dando vida a una Amelia sutil y de rico registro, según pudo comprobarse con particular claridad en el aria Morrò, ma prima in grazia. Ruciński, en el rol de Renato, con dicción y dirección firmes pero matizadas, imprime una tensión que la homogeneidad tímbrica de Fabiano puntualmente podría menoscabar, la Ulrica de Daniela Barcellona aporta solvencia y estabilidad, y el Óscar de Elena Sancho Pereg se gana una simpatía ausente en los demás personajes por lo general.
En definitiva: al margen del valor simbólico que amerita esta reanudación, las tres horas de función se reifican como una losa difícilmente soportable. Ojalá que las venideras entregas discurran de un modo más vivaz: evitaría el riesgo de que celebrar la reapertura de nuestro teatro se convierta en una exigencia de guión formal.