por Alejandro Rodríguez Lorenzana | Mar 12, 2019 | Críticas, Libros, Literatura, Recomendaciones, RESONANDO |
Finales de los años 30, época de convulsión y malos augurios. Nos encontramos en Portugal, donde la incipiente dictadura salazarista controla el país. La novela de Tabucchi se desarrolla en la Lisboa de esta época y su agosto. La obra asfixia, inunda, acalora y subvierte. El relato evoluciona, crece y se transforma bajo el yugo del pasado y de un presente opresor. Paradójicamente, es esta atmosfera opresora la que rebela al personaje y le empuja fuera del refugio de la nostalgia, tan plácido como melancólico. Son, sobre todo, en el pequeño cuartucho en el que Pereira (personaje principal) redacta la página cultural del Lisboa y el Café Orquídea, los escenarios principales de la obra. Algún otro escenario (el balneario de la costa, sus recuerdos de Coimbra) aparece esporádicamente evocando la placidez y quietud portuguesa.
El libro se caracteriza por diálogos inmersos en una declaración del personaje que apela a una defensa o un testimonio y que hace que nos sintamos inquisitivos como un policía político, incisivos como un periodista o, simplemente, interpelados como lectores.
Pereira, el personaje principal de la novela, es uno de esos egos que pugnan en nuestra personalidad. La prudencia pertinaz y perezosa. Pereira es como una polilla que revolotea atrapada en un faro de luz en la noche que representa el pasado. Mientras, trata de alejarse de los peligros de la realidad presente y solo parece tener contacto con su entorno en sus conversaciones con el sacerdote Manuel y el camarero del Café Orquídea. Evita el alcohol y el tabaco, su médico se lo ha aconsejado, pero sucumbe compulsivamente ante las tortillas y la limonada azucarada y el lector acabará deseando, bajo el coro de su estómago, comer una omelette a las finas hierbas mientras saborea la novela.
Una idea principal recorre la obra. La muerte (y la vida). La muerte como opresión, la vida como resistencia. Pereira es periodista, detalle fundamental, la idea de opresión crece alrededor de su oficio. La censura irrumpe con violencia en su trabajo ¿Violencia poco común en la Europa de hoy? Los tiempos sociales y políticos contemporáneos difieren de los años previos a la SGM en los que se desarrolla la novela pero existen similitudes 80 años después. La comunidad económica europea se tambalea, la xenofobia se extiende, un sentimiento antielitista flota albergando en él el llamado “momento populista”, producto de la precarización de las condiciones de vida de una gran mayoría social, la degradación de los derechos sociales y la decadencia del continente.
Lo cierto es que en el estado español se ha visto a las fuerzas de seguridad entrando en periódicos en los últimos tiempos. La “autocensura” es algo reconocido entre los periodistas, su situación laboral es paupérrima y estamos presenciando con vergüenza la caída y envilecimiento del que fuera otrora el periódico de referencia (para bien y para mal) en España.
Hoy, la opresión no es necesariamente agresiva, se produce en mayor medida una violencia blanca. Esa que hace que muchos tenga que saber lo que no deben decir, publicar y mediatizar, y lo que sí. Manda la demanda, el “clickbait”, sí, pero también el interés de los inversores privados que han logrado monopolizar los grandes medios de masas. Aquel día de 2014 en que CocaCola realizó un ERE en su fábrica de Madrid demuestra esta aterradora realidad. Al día siguiente de los hechos referenciados, todos los periódicos de tirada nacional, y otros cuantos, mostraron en su portada un anuncio de CocaCola. La portada. ¿Habría alguna noticia objetiva y crítica en el interior de esos diarios acerca del despido de trabajadores de la planta de CocaCola?
Pereira, pese a todo, se rebelaría.
por Adrian Maldolnado | Mar 12, 2019 | Artes plásticas, Críticas, Evento, MujeRes |
Elvira Smeke (México, 1978) expone su obra desde el 8 de febrero al 7 de abril en la galería de la Plaza de la República 20, 4to piso en México D.F. en un espacio gestionado por Alberto Ríos de la Rosa.
I Am Naked Now presenta el más reciente cuerpo de obra de la artista mexicana Elvira Smeke, el cual surge a partir de la búsqueda del grado cero en la forma estética por medio de la instalación escultórica, la pintura y la manipulación de la imagen digital.

(Fotos: Adrián Maldonado)
Las piezas mostradas en esta exhibición son producto de una serie de acciones a puerta cerrada, largas caminatas y una dosis de juego a través de los cuales la artista explora los preceptos filosóficos ligados al feminismo de Luce Irigaray y Hélène Cixous y bajo el estudio del cuerpo propuesto por Judith Butler generando así nuevas narrativas a sus propias interrogantes y su posición en la producción plástica internacional.
Gran parte del resultado de sus piezas se deriva del «accidente”, como ella lo define, cosas o situaciones inesperadas que le ocurren, pero que aprovecha para crear.
La exposición ofrece un conjunto de posibilidades de experimentar el mundo con diferentes resultados y por medio de un cambio constante de las relaciones entre el contexto y el visitante. Esta relación se da tanto a nivel físico, por medio de las instalaciones escultóricas y breves ejercicios tridimensionales como en un nivel visual por medio de las pinturas, las intervenciones textuales y finalmente la fotografía digital.

por Pol Frau | Mar 11, 2019 | Críticas, Libros, MujeRes |
Lou Andreas Salomé es probablemente una de las mujeres más estereotipadas de la historia del pensamiento contemporáneo, se la conoce a menudo como la seductora ya que intelectuales notables de la época como Nietzsche y Rilke se enamoraron de ella y a menudo se habla de ella como la musa de otros y se olvida su propio pensamiento. Acantilado ha editado recientemente una biografía completísima y desmitificadora de la vida y producción de Lou y ahora que acabamos de pasar el ocho de marzo parece un buen momento para hablar de ella, pero bueno, ¿cuándo no lo es?
Isabelle Mons nos cuenta que Lou, pese a tener ascendencia alemana y francesa, nació en 1861 en Rusia siendo la hija menor de seis hermanos y la única que no nació hombre. Su padre poseía una buena posición social y era un alto cargo del ejercito, cosa que hizo que tuviera la oportunidad desde muy pequeña de rodearse de artistas e intelectuales en los salones de la alta burguesía rusa. Fue su padre quien más la cuidó y se preocupo por su educación y su cultura ya que tuvo una relación distante con su madre que hubiese preferido que naciera hombre ya que para las mujeres la vida era más difícil. La muerte del padre cuando ella era muy joven le afecto profundamente y probablemente, según Mons, condicionó para siempre sus futuras relaciones con los hombres. Leyendo esta biografía uno se da cuenta que por encima de todo Lou fue una mujer independiente que no dudo en remar a contracorriente de la época para conseguir y preservar su autonomía. Fue por eso también por lo que rechazó a tantos hombres y por lo que conoció a tantos, porque no paró nunca de viajar y cambiar de ambientes con el objetivo de conocer más y más el mundo intelectual de su época y porque no quiso que un matrimonio le cortara las alas.
Fue Hendrik Guillot el primero que entendió mal a Lou, con el mantuvieron una temprana relación de profesor y alumna a través de la cual Lou se formó en filosofía, teología y literatura. La joven Lou de diecisiete años quedó fascinada por aquel profesor que le introdujo a tantos ámbitos de conocimientos que serian claves para ella durante el resto de su vida pero Guillot terminó por enamorarse de ella e incluso planeó divorciarse de su mujer y casarse con ella. Lou se sintió profundamente decepcionada y rompió relaciones con Guillot y des de aquel momento inició un viaje por las grandes capitales culturales de Europa que no terminó practicamente nunca.
Debido a la perdida temprana de su padre y su maestro Lou desarrollo un profundo sentimiento de soledad que compensó con la fe y la pasión por el conocimiento y que terminó por desarrollar un importante trabajo de autoconocimiento de sí misma que formaría una prematura consciencia adulta. Para Lou el nacimiento es una caída de una totalidad del individuo con la naturaleza, con el universo, anterior al nacimiento. De este modo el individuo se siente solo, separado de su esencia y toda su vida se convierte en una búsqueda de la reconexión con esta totalidad universal. Lou encontrará en el viaje como modo de vida aquello que está buscando, conocerse y conectarse con el universo, el viaje también es libertad, es emancipación de las restricciones sociales de la época. Esta concepción de la vida bebe mucho del pensamiento neorromántico de la época con Schopenhauer a la cabeza y no resulta difícil entender que estas ideas le llevaran pronto a conocer a otro seguidor del pensamiento de Schopenhauer, Nietzsche.
Andreas-Salomé acababa de estudiar filosofía en la universidad de Zurich, una de las primeras que permitía estudiantes mujeres y la necesidad de cambiar de aires para curarse de una enfermedad respiratoria le hizo viajar a Roma. Allí asistió a un café literario que organizaba una amiga de un profesor de universidad de Lou y allí se reunían de forma habitual Paul Rée y Federich Nietzsche. Cuando se conocen Nietzsche pronuncia una frase que hizo fortuna “De que estrellas hemos caído para encontrarnos aquí” y pronto se crea una conexión entre el y Lou que comparten un sentido trágico de la vida pero a la vez vitalista. Tal es la sintonia intelectual que Nietzsche queda maravillado cuando escucha a Lou decir cosas como “la capacidad de resistir el mal garantiza la grandeza de la existencia, es precisamente en el momento más intenso del enfrentamiento en el que se eleva espiritualmente” y los dos se influyen mutuamente y se inspiran para acabar de redondear sus obras. Por aquella época es cuando Nietzsche escribe su famoso Así Habla Zaratustra reconociendo que fue Lou quien le aportó la suficiente madurez para escribirlo y por su parte Lou escribe uno de sus primeros textos sobre la singularidad femenina titulado Sobre la Mujer. Es conocido que también Nietzsche pidió matrimonio a Lou y que esta lo rechazo, los dos junto a Rée quisieron vivir juntos para seguir influenciándose intelectualmente, pero fue la intervención de Elisabeth Nietzsche, la hermana del pensador, que se sentía profundamente celosa de Andreas-Salomé la que terminó por frustrar sus planes mas que la proposición rechazada de bodas, como se acostumbra a explicar.
Por alguna razón que no se termina de conocer del todo Lou se casó con el orientalista Friederich Carl Andreas que le otorga su apellido, por el que no sentía pasión amorosa. Andreas sufrió bastante al sentirse rechazado por su esposa pero le otorgó a Lou la independencia que buscaba en una época en la que si no contabas con un hombre al lado te costaba mucho gozar de libertad. Lou dependió siempre de sus hermanos para poder viajar hasta que conoció a Andreas. Tambien fue gracias a Andreas que Lou se interesó por el naturalismo alemán y conoció la obra de Ibsen dedicándole un ensayo a la representación de la mujer en su obra, texto que hizo fortuna y la hizo popular en Noruega.
Con quien si que tuvo una apasionada relación fue con el poeta Rainer Maria Rilke menor que ella. Parece que Rilke leyó los escritos relacionados con la religión de Lou y se convirtió en un gran admirador de ella hasta que la conoció y entonces se enamoró perdidamente. Fue Rilke quien terminó por descubrir a Andreas-Salomé el amor y la sexualidad, cosas de las que ella había rehuido durante años, probablemente bajo el temor de perder su autonomía personal. Aún así, la relación entre ambos fue desigual debido probablemente a que Rilke era demasiado apasionado e inestable y terminaron por distanciarse, aunque sea probablemente una de las relaciones epistolares más duraderas de Lou. Andreas-Salomé ve gracias a Rilke la naturaleza vitalista del arte en cuanto a expresión sentimental que conecta al individuo con la totalidad y con la vida. También será junto a Rilke que Lou se interese por el pensamiento y la literatura de su tierra natal y viaje a Rusia donde conocerá a intelectuales relevantes como el mismo Tolstoi.
Pero fue en el psicoanálisis donde encontró una potente forma de continuar su compromiso con el conocimiento y con ella misma. Ya se había familiarizado con conceptos psicológicos de vital importancia como el de la mala consciencia gracias a Nietzsche y fue gracias a la psicología que hay en Nietzsche que Lou vivió la transición hacia el psicoanálisis de su pensamiento como una cosa natural. Lou conoció a Freud en Viena y asistió a sus seminarios de los miércoles donde se gestó el psicoanálisis freudiano y se constituyó como sociedad de escala internacional. Freud quedó fascinado rapidamente por la capacidad de Lou de escuchar y de ser original en las aportaciones y comentarios, capacidades fomentadas por su profunda inquietud de no dejar nunca de aprender y pronto establecieron una relación muy cercana. Pese al pensamiento ecléctico de Lou y el hecho de que provenga del mundo de las letras y no de las ciencias como la mayoría de integrantes de la sociedad psicoanalítica, Andreas-Salomé aceptará el pensamiento de Freud y lo defenderá de los múltiples intentos de crear teorías psicoanalíticas paralelas a la que se está constituyendo como ortodoxa y incluso llegará a ejercer como analítica donde planteara la terapia como una forma de conocerse también a ella misma quitándole importancia al tiempo que le dedica a cada paciente.
Tendrá algunos conflictos con Freud como el hecho de que el padre del psicoanálisis vea en Lou cierto infantilismo en los planteamientos relacionados con la unión originaria del individuo con el universo, pero como pasó con Nietzsche y Rilke los dos amigos se influenciaran el uno al otro y Lou fue de vital trascendencia en los estudios sobre la sexualidad infantil que realizó Freud y que fueron tan relevantes para su doctrina y también a partir de ellos Lou desarrollará sus planteamientos sobre la mujer.
Su concepto de mujer viene a significar un planteamiento intermedio en que partiendo de planteamientos psicoanalíticos rechazada sus conceptos mas duros referentes a la mujer de Freud como el conocido como envidia de pene. Reivindica una mujer como lugar de encuentro y recogimiento que es enriquecido con el encuentro con el hombre muy asociado a la lactancia materna y una naturaleza pasiva defendida como virtud que es criticada por las feministas de la época. Una vez mas estos planteamientos resultan muy asociados a la propia experiencia vital de Lou y su relación con los hombres marcada por la relación con su padre y con Guillot.
Lou Andreas-Salomé fue una mujer optimista, incluso en tiempos de de la gran guerra, que luchó por su independencia a costa incluso de no implicarse en luchas sociales demasiado exigentes como el feminismo emergente en la época ya que según ella eso seria una tarea demasiado dura a nivel personal. Aún así, la biografía que nos trae Mons no es solo una biografía de Lou sino también de una época en la que Lou está muy implicada. Novelista, critica literaria, filosofa y psicoanalista, sus inquietudes la llevan a Italia, Alemania, Francia, Austria o Rusia, donde conoce gran parte de los grandes intelectuales y artistas de la época y donde, aunque a veces tendemos a pensar que no era así, también había muchas mujeres pese a las limitaciones sociales. Mujeres que organizan tertulias literarias o filosóficas, que escriben, que crean o que psicoanalizan y que mueven también esa siempre ajetreada Europa del conocimiento.
por Rubén Fausto Murillo | Mar 10, 2019 | Críticas, Música |
Dentro de la tradición musical de occidente, hay obras en el repertorio que han generado lo que podríamos llamar “el canon” dentro de lo que actualmente llamamos “música clásica”. Así, por ejemplo, sería impensable hablar del repertorio violinístico sin mencionar los “caprichos” de N. Paganini. Si ahondamos aún más en la idea, podríamos hablar de que algunos autores en concreto con sus obras generaron el paradigma básico con el que se escribió para determinados instrumentos o agrupaciones, en el caso del piano este paradigma fue determinado indiscutiblemente por la obra pianística de Beethoven. No solo con sus indispensables 32 sonatas, si no con el corpus total de lo escrito para este instrumento. El tratamiento, tanto de texturas exploradas, como de una constante búsqueda de posibilidades en todos los sentidos, marcó la escritura pianística de las generaciones que le siguieron. Así, es impensable imaginar a un Chopin o a un Brahms y menos a un Liszt, sin la alargada sombra del maestro de Bonn, que supo imprimir en sus obras, la justa medida de virtuosismo, densidad armónica y estabilidad formal suficientes, para que casi cualquier obra para piano firmada por él sea paradigmática.
Así, cuando leemos “La edad de oro del piano” título dado al programa que presentó el maestro Grigory Sokolov el pasado miércoles 6 de marzo en el Palau de la Música, no podemos menos que estar absolutamente de acuerdo y celebrar lo atinado del título. El mencionado programa, estuvo integrado por la Sonata núm. 3 en Do mayor, op. 2 y por las Once nuevas bagatelas, op. 119 de L.V. Beethoven, continuando el mismo por las Seis piezas para piano, op. 118 y las Cuatro piezas para piano, op.119 de J.Brahms.
Las visitas a nuestra ciudad del maestro ruso, suelen ser anuales y sobre las mismas fechas aproximadamente y a ella suelen acudir puntualmente la enorme cantidad de seguidores con que cuenta, con lo que el absoluto lleno que registró el Palau de la Música no sorprende, sobre todo porque son seguidores fieles y entusiastas del trabajo del maestro. Huelga decir, que muchos de estos fieles seguidores son pianistas profesionales, que ven en el maestro su referente y es que es así, Sokolov con los años ha pasado a pertenecer a ese selecto grupo de maestros que son paradigma, referente, y muchas ocasiones, aspiración en su quehacer artístico de miles de mortales que vivimos modestamente de esta maravillosa profesión que es la de ser músico.
Las obras elegidas, salvo en el caso de la sonata en Do mayor, que nos conecta con un Beethoven si bien muy maduro, aun en desarrollo, son obras que nos muestra a sus autores en las postrimerías de su vida creativa. Tanto las 11 bagatelas como los opus 118 y 119 de Brahms, son obras que han sido calificadas de menores, pero que, en manos de un pianista como Sokolov, muestran su altísimo valor musical. Al ser piezas pequeñas y sin una aparente ambición formal, sobre todo en el caso de Beethoven, durante muchos años se les tomó como partituras si bien maravillosas, muy alejadas de las obras de mayor aliento en el catálogo del maestro alemán. Con Sokolov, tal manera de pensar queda absolutamente fuera de lugar, revelándose como si fuera un gran tesoro, el brillo y el enorme valor que tienen estas partituras. Decir que nuestro pianista está en casi un estado de gracia, es redundar en lo dicho por muchos y durante mucho tiempo, pero es que a cada concierto dado, Sokolov nos muestra el grado de madurez en el que se encuentra en la actualidad, que solo puede ser calificado de “estado de gracia”. A una técnica que podríamos calificar de perfecta, unos trinos inmejorables, un uso apabullante de una variedad de colores y de tímbricas que va administrando según necesita, se aúna la que quizás sea una de sus mayores virtudes musicales: Sokolov sabe construir sobre el tiempo, grandes estructuras sonoras llenas de sentido interno. Conoce perfectamente la totalidad de cada obra en lo general y sabe cómo dar sentido al decurso del fluir musical. Uno escucha a Sokolov y es atrapado en un flujo sonoro que tiene una lógica intrínseca, que está siendo generada justo en ese momento, fruto de una larga vivencia personal de cada una de las obras. La palabra “maestro” cobra una dimensión real, pues sabe trasmitir a cada uno de los congregados para escucharle, el profundo amor que siente por lo que está comunicando en ese momento.
Mucho se ha escrito sobre los rituales que siempre le acompañan, como la sala casi en penumbras, o el inmenso caudal de bises con que regala a las multitudes que se congregan en sus conciertos. Estas, como no puede ser de otro modo, se cumplieron, la noche del miércoles 6. Sokolov nos regaló 6 bises, y justamente ahí, en ese Sokolov entregando a su público 40 minutos más de música, me surgió la certeza de que es así justamente, como el maestro se comunica con la gente. No suele gustarle hablar en público, ni dar entrevistas, él se comunica tocando, y cuanto más tiempo mejor. Los que desde antiguo le seguimos, disfrutamos profundamente de estos conciertos en tres partes, que so sin duda experiencias trascendentales. Seguimos.
por Elio Ronco Bonvehí | Mar 9, 2019 | Críticas, Música |
La interpretación de La bella molinera el pasado 4 de marzo en el Palau de la Música, dio inicio a dos semanas de frenética actividad musical en Barcelona, enmarcada en lo que se ha llamado Barcelona Obertura Festival, una iniciativa conjunta que implica a los principales programadores de música clásica de la ciudad, y que tiene como principal objetivo atraer al turismo (esto ya queda claro al consultar la página web, que inexplicablemente está solo en inglés). El principal reclamo son los nombres famosos, pero el festival incluye también algunas propuestas muy sugerentes, como un concierto que combinó los réquiems de Victoria y Vivancos, del que hablaremos en breve. Especialmente destacables son los 33 conciertos gratuitos, con músicos locales y programas variadísimos, que se realizarán en museos y centros cívicos de toda la ciudad. Es una auténtica vergüenza que una iniciativa que acerca la música clásica a la ciudadania, con conciertos gratuitos y de proximidad, no cuente con una página oficial en catalán o castellano. Esperemos que para próximas ediciones lo tengan en cuenta. De momento, pueden acceder a la programación en inglés en la página antes enlazada, y en catalán en el número especial que Núvol dedicó al festival.
Programar los ciclos de lied de Schubert no es nada nuevo, pero poder disfrutar de ellos de forma casi consecutiva (La bella molinera el dia 4, Viaje de invierno el 5 y El canto del cisne el 7) ya es algo más excepcional, sobretodo si están servidos por músicos como Matthias Goerne y Leif Ove Andsnes.
El barítono alemán es sin duda uno de los más grandes intérpretes de Schubert de la actualidad, y cada actuación suya es una experiencia inolvidable. Sobre su voz y su sensibilidad poco podemos añadir a lo que publicamos hace un par de años: «Goerne es un poeta, mima las palabras y prepara cuidadosamente cada sonido y cada silencio. Empieza las frases mucho antes de la primera nota, integrando en ellas la respiración y el suave balanceo del cuerpo, lo que provoca que la melodía surja del silencio de forma natural, como si siempre hubiera estado allí y simplemente hubiera que encontrarla.» Esta perfecta integración entre palabra, sonido, silencio y gesto es la principal característica del canto de Goerne, y de ahí surgen la intensidad de su intepretación y esa extraña comunión que crea con el público. Si el lied romántico es la expresión de la subjetividad por antonomasia, escucharlo cantado por Goerne es casi una experiencia voyeur.
En su libro sobre Winterreise, el tenor Ian bostridge afirma que «el espacio imaginario que crea el cantante realza la ejecución de la canción […] la canción es intensificada, vivida y proyectada. El espacio cobra vida tanto para el intérprete como para el público.» Goerne no es un buen actor. En el escenario sus gestos son simples y repetitivos, como su característico balanceo de brazos, como si no supiera qué hacer con ellos. Y es que, de hecho, Goerne no pretende actuar. Sus movimientos son espontáneos, fruto de su concentración en la música, y por ello resultan a veces más elocuentes que una actuación premeditada. Y así, sin buscarlo, el espacio al que se refiere Bostridge cobra vida, a través de las miradas al pianista -como si cantara para él-, las respiraciones, los balanceos o los pasos por el escenario. Somos conscientes que Goerne está inmerso en una especie de realidad aumentada que nosotros no podemos ver, pero que intuimos por sus gestos y la música.
Leif Ove Andsnes, desde el piano, no tenía lógicamente la libertad de movimientos de Goerne, pero contribuyó por igual a crear musicalmente ese espacio imaginario. Lo hizo por medio de un sonido cuidado y una pulsación clara y versátil, nada pesada, que encajaba a la perfección con el fraseo orgánico de Goerne y dotaba de profundidad a las texturas con las que Schubert representa los paisajes (externos e internos) de los dos ciclos.
Ya se sabe que el Palau es una sala ruidosa, probablemente porque siempre hay una fracción del público (turistas o locales, da igual) que asiste atraída más por su arquitectura que por la programación. En esta ocasión, sin embargo, los ruidos e interrupciones fueron casi inexistentes, pues la sala entera estaba completamente absorta en la extraordinaria interpretación de Goerne y Andsnes. Su versión de «Des Baches Wiegenlied» («Canción de cuna del arroyo», la última canción de La bella molinera) fue difícilmente superable y logró un largo silencio del público antes de unos intensos aplausos. Un espectador entusiasmado pero impaciente evitó que se repitiera la magia el día siguiente, aplaudiendo justo al final de un emocionalmente devastador Viaje de Invierno, antes de que los intérpretes bajaran los brazos. Debemos entender que el silencio forma parte también de la música, incluso después de que suene la última nota. Un percance menor, en todo caso, que no afecto al impecable resultado de los primeros dos recitales del ciclo. En breve hablaremos en Cultural Resuena del tercero y último, dedicado a El canto del cisne (Schwanengesang).
por Marina Hervás Muñoz | Mar 6, 2019 | Críticas, Música |
Celebro que una institución como la Orquesta y Coro Nacionales de España se anime a, poco a poco, abrir su programación allende el siglo XIX o, en general, allende el canon eurocéntrico, como parece que se pretendía en el concierto del pasado 1 de marzo, donde se interpretó el Concierto rumano y el Concierto de violín de Ligeti y la Sinfonía 41 de Mozart. Quizá porque aire fresco en la programación encajaría algo más con la renovada y estilosa imagen de esta temporada, que nos promete un proyecto orquestal idem. Aunque, a la hora de la verdad, la programación, salvo algunas excepciones, peca de caer en demasiados lugares comunes, como es el caso de la segunda parte de este concierto que nos ocupa. Aún dudo si hay relaciones ocultas de gran fecundidad entre esta sinfonía de Mozart y las dos piezas de Ligeti o si, como me temo, se utilizó la técnica de convencer al público más conservador con una parte del programa compuesta por un hit y la otra por “extravagancias” contemporáneas. Quizá este modelo -si mis sospechas se confirmasen- no sería necesario con un compromiso firme por la variedad y un proyecto de divulgación más ambicioso. Esto lo exijo, sobre todo, porque es una orquesta que bebe de dinero público, así que entiendo que tendría que estar, por tanto, al día con las exigencias estatales con respecto a la cultura que, entre otras cosas, pasa por entender que la educación y la formación están en la base de lo que se entiende por publicidad de la cultura. Pero ese es otro asunto. Como es la primera vez que escribo sobre la OCNE, me permito esta disquisición. Disculpen ustedes el extravío.
El programa original del concierto contaba con un estreno (Naufragios) de Jesús Rueda bajo la batuta del director principal, David Afkham, que tuvo que delegarla por motivos personales de última hora al joven director Joshua Weilerstein, que cambió a Rueda por el Concierto rumano, tan escasamente interpretado. En general, la propuesta del director norteamericano fue la de buscar un sonido efectista, que funcionó bastante bien en el Concierto, algo peor en el Concierto de violín y definitivamente fue un exceso en Mozart.
El Concert romanesc o Concierto rumano es una obra donde Ligeti, desde un lenguaje aún tonal, visita a Bartok, compositor del que definitivamente se quiere distanciar -sin conseguirlo nunca del todo- solo un par de años más tarde. Fue, a nivel interpretativo, una excelente presentación del director, que se sentía cómodo en el -aparentemente- despreocupado mundo que propone Ligeti, de lo popular no domeñado. En ese sentido, quizá faltó algo de radicalidad en el Molto vivace, donde Bartok se cruza con la reivindicación primitiva de Stravinsky. Pero no es nada fácil: la orquesta se convierte, de pronto, en un gran conjunto de cámara y Ligeti nos anticipa su interés por extraer hasta las últimas consecuencias la tímbrica de los instrumentos orquestales. No es sencillo, entonces, el paso del sonido compacto de los movimientos anteriores -pese a los solos del segundo movimiento- a la separación por capas del último. Aún así, fue una interpretación enérgica y ágil sin caer en banalidades.
Antes del inicio del Concierto, Weilerstein tuvo el detalle -muy agradecido por el público- de explicar brevemente las bondades del mismo en un perfecto español. Propuso que nos acercásemos auditivamente a él como si penetrásemos un cuadro de Pollock. Not bad. Yo lo que destaco es que, ese pequeño gesto, se plantea una cuestión compleja: la paulatina necesidad de romper la jerarquía de espacios y disposición entre el público y los músicos, en romper con el ritual casi religioso del concierto; así como la evidencia de que acercar las obras es algo que debe ser tarea de la institución, no del director. Toda la pieza estuvo marcada por una sensación de cierto desencaje entre la propuesta del solista y la de la orquesta, que estuvo a la zaga de la fuerza interpretativa de Christian Tetzlaff. Tetzlaff mantuvo una idea circular del concierto, es decir, aquellos lugares microscopios que abrió al comienzo del concierto, buscando un sonido diminuto pero clarísimo -¿quizá como mónadas, ese sonido que persiguió Anton Webern durante toda su vida?- que adquirieron todo el sentido en los últimos minutos del concierto, en la cadencia que resume buena parte de los temas que lo construyen. En lugar de explotar el sonido más extrovertido y, si me permiten la palabra, como acto de egotismo (que no erostimo, ojo), como se suele esperar de una cadencia, Tetzlaff creció a base de la acumulación de sonidos, poco a poco, saboreándolos y dándoles entidad propia. Esta circularidad constructiva quedó desangelada por una orquesta algo incómoda, especialmente en momentos clave como en el pasaje de las ocarinas o en el comienzo del último movimiento, donde las entradas tienen que ser seguras y enérgicas para que sea posible el choque de discursos que plantea Ligeti. Quizá los movimientos más conseguidos fueron los intermedios, especialmente en el viento y en la percusión, en especial la lenta construcción de la “Passacaglia” tan heterodoxa en la que consiste el cuarto movimiento. Tras un aplauso más frío de lo esperado (hubo bastante gente a mi alrededor que no aplaudía, supongo que porque aquello les parecía muy raro -algo que no es culpa del público, precisamente-), Tetzlaff ofreció la sonata para violín solo “Melodíai”, de Bartok, uno de esos regalitos del repertorio. La intimidad y delicadeza de la interpretación de Tetzlaff hizo que esa propina uno de los mejores momentos de toda la velada, a la altura de su brillante interpretación de Ligeti. Hubo un móvil de turno que, justo a punto de acabar, decidió interrumpir la atmósfera que es tan difícil de construir. Todo se rompió con aquella llamada inoportuna. Pero, afortunadamente, ya estaba casi todo dicho.
¿Cómo se escucha Mozart después de los mundos que abre Ligeti? Mis sospechas sobre el pastiche de programa se confirmaron con la interpretación de Weilerstein, que optó por un Mozart bastante cómodo. Tanto, que temía que algún fiel del concierto de Año nuevo se pusiera a aplaudir al ritmo del primer movimiento en cualquier momento. Todo lo que podría haber de grande -en términos sonoros, no personales-, de introspectivos o irónico quedó diluido en una amabilidad impostada. Todo el carácter sorpresivo (a là Haydn) del segundo y último movimiento brilló por su ausencia por un dinamismo plano y poca claridad en la dirección de las frases. Sin embargo, agradecí durante todo el concierto una frescura poco habitual en directores tan jóvenes. A Weilerstein le falte, quizá, los años que compositores como Mozart exigen para entender qué demonios buscaba con su música, siempre enigmática, pese a la aparente claridad y evidencia. Justamente, eso es lo que, desde mi punto de vista, hace que movimientos como el tercero no queden como una danza momificada, sino que se muestre el problema, cada vez más patente, del discurrir temporal que luego preocuparían seriamente a Schubert y Beethoven y que finalmente llegue a du disolución con Mahler; o que la fuga final nos haga ver como el sencillo tema inicial cambia de forma hasta lo absolutamente inesperado mediante un juego de deformaciones casi experimentales, como si de un caleidoscopio se tratase.
Notas a la notas: Me gustaría saber a qué se refiere Gonzalo Pérez Chamorro -redactor de las notas al programa- cuando dice que Ligeti es “proteína pura, su música está desprovista de toda grasa” o que “es un genio porque es único”. Deberíamos, creo, dejar de alimentar ese tipo de retratos decimonónicos de “genios” para empezar a plantearnos el reto de hablar sobre música sin divinizar a los compositores, sobre todo cuando eso hace que -como en el caso que nos ocupa-, de lo que se va a interpretar, apenas se redacten dos párrafos plagados de lugares comunes, como “el noctámbulo Adagio se asoma con personalidad, manejando con estilo propio dos trompas y efectos en eco”.