Sangre nueva, grandes tiempos

Sangre nueva, grandes tiempos

Aún recuerdo con cierta nostalgia la primera vez que tuve oportunidad de escuchar una obra barroca tocada con instrumentos de la época. No recuerdo bien el dato, pero tendría yo no más de 12 años, y en la radio cultural que se escuchaba en casa, anunciaron el «Stabat Mater» de Pergolesi, interpretado por N. Harnoncourt. Aun me emociono cuando traigo a mi memoria ese primer contacto, porque recuerdo que me pareció una absoluta revelación; una obra que había escuchado muchas ocasiones en mi infancia, cantada a la manera romántica, y que he de confesar, me aburría soberanamente, de súbito, sonaba tan llena de vida, impregnada de tanta luz y al mismo tiempo cargada de un dramatismo que jamás había percibido en ella. De repente, me volví un converso irredento de esta manera de hacer música y nombres como los de Harnoncourt, Leonhardt y Hogwood se convirtieron en estelares en el olimpo de mis afectos musicales. 

Huelga decir, que, a mi llegada a Europa, estas tierras se convirtieron en el Edén para un enamorado de lo que ahora se llama “interpretaciones históricamente informadas”. El número de grupos que se dedican a trabajar de manera consistente de esta manera no deja de crecer y todas las grandes escuelas y conservatorios del continente, cuentan con un departamento dedicado a la “música antigua”, a ello se unen centros como la gran Schola Cantorum Basilensis, que es, sin lugar a duda, uno de los grandes referentes dentro de este apasionante mundo de la música antigua. Ahora bien, los grandes iniciadores de esta manera de hacer música han desaparecido y actualmente son J. E. Gardiner, T. Koopman, W. Christie, P. Herreweghe o R. Jacobs entre otros grandes nombres, los que más brillan y son un referente dentro de este mundo. Pero todos estos maestros, actualmente han tomado una providencia que la anterior generación no tomó. Todos los maestros mencionados anteriormente, han fundado sus propios grupos y orquestas, han arriesgado incluso en la empresa su propio dinero y han unido su destino personal a la fortuna de estos grupos. En el pasado, era muy frecuente ver como orquestas y grupos de gran calidad musical y que eran dirigidas por un músico celebre, al desaparecer este maestro o se desintegraban o perdían notoriedad, eran grupos demasiado mimetizados con la figura carismática que los había fundado. Para superar este problema, esta segunda generación de directores ha decidido nombrar un director asociado, un músico joven y con carrera prometedora, que dé nueva vida al grupo. Con esta decisión, además, garantizan la consolidación de la agrupación independientemente de sus directores fundadores, pasando de ser solo un grupo musical en torno a un gran músico, a casi una institución estable y referente dentro de la música antigua.

En estos años, los músicos que han decidido formarse en la tradición histórica, se han beneficiado de todo el conocimiento recuperado por las generaciones anteriores. Actualmente, tenemos en los escenarios mundiales, grupos primorosamente formados y que garantizan la continuidad y la calidad dentro de la interpretación de las obras. Es el caso del grupo “Arcangelo” que el pasado miércoles 16 de enero se presentó en la sala Pau Casal del Auditori Barcelonés. 

Arcangelo, es un grupo británico que, con tan solo 8 años de trabajo, se han hecho ya con un lugar destacado en el universo de la música antigua. Su director y fundador es el también británico Jonathan Cohen, que está realizando una brillante carrera internacional. Así, por ejemplo, entre su cada vez más apretada agenda no solo trabaja con regularidad al frente de su orquesta, sino que es además, director adjunto de Les Arts Florissants una de las más importantes orquestas, lo que nos habla del prestigio que acompaña a este talentoso músico. 

El programa estaba integrado por 5 obras del periodo barroco, destacando mucho el famoso “Stabat Mater” de G.B.Pergolesi. A la orquesta se unían la soprano Emöke Baráth y el contratenor Maarten Engeltjes y ya desde el inicio del concierto, era claro que se estaba ante una orquesta de altísimo nivel. Con un sonido delicado y una precisión en cada fraseo y en cada articulación, la orquesta dio cátedra de musicalidad y buen gusto. Todo estaba perfectamente trabajado y en el justo lugar y proporción que tenía que guardar en relación con el todo. Cada gesto, cada nota, estaba donde tenía que estar, lo que permitía que la música fluyera con una belleza por momentos conmovedora. La maestra Baráth cuenta con un timbre vocal maravilloso, lleno de armónicos y que corre con dulzura por la sala. A ello, se une una técnica espléndida y sobre todo, un buen gusto y un saber hacer en cada momento; estamos ante una soprano que va construyendo una espléndida carrera. El contratenor holandés Maarten Engeltjes posee un timbre que, aunque pequeño, está muy bien trabajado, puede llegar a sufrir un poco en el registro grave, al no ser muy sonoras sus notas, pero una estupenda técnica hace que pase con total naturalidad por todos los registros de su voz dando una fluidez y una naturalidad a su línea de canto. 

La interpretación del mencionado “Stabat Mater” fue realmente memorable. A la brillante voz de la maestra Baráth, se unía la densidad que imprimía Engeltjes en los números que compartían, todo esto acompañado con una elegancia y una discreción maravillosas por una orquesta que siempre estuvo en el lugar justo.  

Recordé la emoción que viví en mi pubertad, cuando escuché por la radio esta misma obra. En esos momentos, fue la novedad de algo realmente brillante lo que me emocionó, pero lo que en esta ocasión me pareció maravilloso, fue como un grupo de verdaderos artistas pueden conmoverte y hacer que escuches una obra que conoces perfectamente, como si fuera la primera vez. Esto es saber hacer música de verdad. Seguimos. 

Rosalía: ¿elegancia poligonera o más que Malamente?

Rosalía: ¿elegancia poligonera o más que Malamente?

Rosalía está de moda. Su álbum El mal querer (Sony Music), basado en una relación tóxica, fue estrenado en 2018 y supuso la catapulta que sorprendió al mercado musical con su tema de presentación Malamente, con el que ganó dos Premios Grammy Latinos. La crítica también se rindió ante este trabajo catalogándolo como uno de los mejores del año pasado aunque como no todo iba a ser un camino de rosas, la polémica se desató con el dilema de si en su trabajo hay apropiación cultural o no. Sin embargo, Rosalía ¿es más que Malamente o su trabajo no está al mismo nivel de esa gran presentación mundial?

El single Malamente, el trillado primer tema que supuso la revelación de este disco, presentó referencias unidas tradicionalmente -desde hace mucho tiempo- al mundo de los gitanos pero en el álbum no se quedan solo en este tema, sino que continúa con ellas, como sucede por ejemplo en relación a los toros o la religión. Esto tiene un halo de exotismo desde hace siglos, sobre todo como herencia del XIX, pero no deja de ser un estereotipo que se repite ad infinitum. En contraposición, uno de los motivos que enriquecen sus textos son algunos guiños lorquianos que aparecen en sus letras, que hacen que esa visión «tradicional» se vea en cierta manera enriquecida.

Por su parte, la estética visual acumula símbolos relacionados con lo anteriormente mencionado pero asociado también a una estética choni poligonera adornada con el mundo del motor. Un sonido elegante que contrasta con ese resultado visual que incluye uñas a lo Black Panther. Un auténtico contraste.

Otra de las características de este álbum es que se divide en capítulos con nombre propio que tienen también una referencia religiosa en determinados casos, como Liturgia (del tema Bagdad) o Éxtasis (de la canción Di mi nombre). De hecho, en la portada del disco ella aparece representada como si fuera la Virgen María con transparencias coronada por siete estrellas y encima de ellas la representación del Espíritu Santo en forma de paloma. En cambio, en bastantes fotos de cada uno de estos capítulos Rosalía tiene una apariencia que se puede relacionar con la de una Frida Kahlo contemporánea, especialmente en el tema Que no salga la luna, con una similitud con Las dos Fridas (1939).

Las influencias del flamenco también están presentes pero redefinidas bajo un nuevo prisma. ¿Apropiación cultural? No es algo nuevo, se lleva practicando en todos los géneros musicales desde hace mucho tiempo, incluida la música clásica, de manera que se utilizan elementos bajo una (re)visión artística personal a los que se pueden añadir otros estilos similares o muy diferentes para obtener un nuevo trabajo con diversas influencias.

El flamenco está presente en la voz de esta artista, el acompañamiento de la guitarra, la percusión corporal, los ritmos y la repetición de expresiones, como en Di mi nombre. Además, está fusionado con otros estilos como el rap, el pop y el cada vez más influyente trap, lo que hace que el resultado nos suene novedoso.

Para mí uno de los estilos más expresivos del flamenco lo constituyen las nanas. A pecho descubierto se transmite lo más íntimo. O no, dependiendo de la interpretación. En su Nana (capítulo 9: Concepción), Rosalía está a la altura de ese género aunque en su solo me sobró todo el sonido tecnológico que se añadió, ya que hubiera sido un tema aún más profundo sin ese sonoridad artificial que la envuelve.

Por tanto, El mal querer es un álbum que supone todo un descubrimiento que va mucho más allá del ritmo y la letra pegadiza de ese primer tema que me hizo pensar que tal vez su escucha fuera Malamente. No obstante, con el bombardeo -un tanto excesivo- que hemos recibido en los últimos meses sobre Rosalía, me planteo: ¿se quedará en un buen trabajo (casi) inicial, tirará por su propio y particular estilo o acabará abrazando la música (aún más) comercial como ya sucedió con tantos otros artistas?

(Fotos: rosalia.com y Cultura Genial)

El abismo entre los demás y yo, amor(es) e intimidad en Sally Rooney

El abismo entre los demás y yo, amor(es) e intimidad en Sally Rooney

Reconozco que tenía muchas dudas con Conversaciones entre amigos (Random House), tenía todos los ingredientes para resultar ser una de aquellas novelas en que un escritor de mediana edad escribe sobre la vida de unos jóvenes en el final de su adolescencia a principios del siglo XXI. Unos jóvenes que no conoce ni sabe cómo piensan pero que intuye que se pasan el día hablando por las redes sociales y tienen relaciones sentimentales múltiples y todos son comunistas o anarquistas, aunque solo lo son desde una posición teórica y se empeña en repetir esta idea como un mantra.

Cuando la empecé a leer descubrí que me equivocaba. Quizás me dejé influenciar por el trato que la prensa española le ha dedicado, un tono sensacionalista que me recordaba a la cobertura que previamente habían dado a las tímidas reivindicaciones sociales de los concursantes de OT, claro que no fue hasta más tarde que descubrí que se trataba de una ópera prima de una joven escritora irlandesa de apenas 25 años, Sally Rooney.

Frances, el personaje narrador de esta novela, pronto me empezó a hablar de una forma que sentí muy íntima, y no es difícil, ya que Frances se abre ante el lector como no lo hace ante nadie y nos muestra sus pensamientos con una naturalidad que únicamente es posible tener con uno mismo. La novela no deja de ser, de principio a fin, un torrente de pensamientos que se vuelcan de la cabeza de Frances al papel en los que nos habla de cómo los demás ejercen presión sobre nosotros de forma constante. A través de los ojos de los demás nos sentimos juzgados, intimidados, valorados, menospreciados y sentimos celos de ellos, nos generan dependencia o suponen una amenaza para nuestros anhelos. Los demás son siempre aquellos con los que constantemente nos vemos comparados y nos sirven como guía; qué pasaría si yo fuera como esa persona, qué pasaría si yo no hubiera conocido a esta otra, qué haría yo en su lugar en esa situación. Frances se pregunta constantemente esta clase de cuestiones y lo hace en secreto, sin compartirlo, sin explicar prácticamente nunca qué piensa, ni qué desearía hacer, ni cómo estar con una persona o estar sin ella le hace sentir, y sin embargo vive. Y de esto nos habla Sally Rooney, de cómo pasa la vida entre aquello que de repente hacemos sin pensar y aquello que siempre pensamos pero nunca nos atrevemos a decir, y de los problemas que surgen entre estos instintos y esos miedos. Desde este punto es desde el que me gustaría que Conversaciones entre amigos fuera introducido, el resto del argumento para mi resulta secundario, aunque cierto es que sin el resto esta reseña se quedaría corta.

Frances es una estudiante universitaria de veinte años y poco que está muy unida a su exnovia Bobby por la que siente cierta admiración, aunque también algunos recelos, pero que a pesar de todo no deja de ser la única amiga importante que tiene. Todo fue así hasta que conocen a Melisa, poeta igual que ellas pero diez años mayor, en uno de los recitales que solían organizar, y pronto también a su marido Nick. No tardará en formarse un estrecho vínculo entre los cuatro que se repetirá en el tiempo y que paradójicamente distanciará al hasta entonces inseparable binomio de estudiantes. Mucha prensa ha llenado páginas hablando del spoiler de las relaciones afectivas múltiples que se formaran entre los cuatro, pero he sentido que pocos le han hecho justicia a la naturalidad con la que Rooney afronta la cuestión.

En el fondo nos remitimos a un debate recurrente, ¿es posible amar a dos personas? ¿Es posible que una relación múltiple sea tolerada por todas las partes? Si algo me gusta de Rooney es que no nos ofrece un poliamor (para utilizar el vocabulario habitual en estas discusiones) idílico en el que todos ganan, no siempre es posible un felices los cuatro como diría Maluma. Nos muestra al fin y al cabo de qué estamos hablando cuando hablamos de relaciones afectivas múltiples, de personas que se encuentran y se atraen, que empatizan y se ayudan unas a otras, que les sirven de canal para descargar sus inseguridades, y en definitiva, que les abren puertas que las relaciones que tenían hasta entonces no les habían abierto, y de esta forma les ayudan a crecer y a avanzar, a experimentar sensaciones nuevas, vínculos que raramente son simétricos en una pareja.

Frances en buena medida no hace distinciones, Bobby es su mejor amiga y también fue su amante, siente celos de que tenga otras amistades pero aun así no le prohíbe tenerlas y se pregunta por qué se prohíbe tener otras relaciones afectivas cuando ya tienes una, e incluso se pregunta qué separa lo que tiene con Bobby de una relación, y hasta qué punto son o no son novias y si esto debe influir o no en que se vean con otras personas. La gracia de Sally Rooney es que no tiene complejos en poner en cuestión el funcionamiento de las relaciones humanas y en este pack entra la política, el trabajo, la familia y también el amor. Sin duda es el tránsito entre la juventud y la llamada edad adulta, la época donde aparecen estas dudas respecto al funcionamiento del mundo, la época en la que vive Frances pero también Rooney, y son en los pequeños detalles en los que se aprecia cuando un escritor se está dejando la piel en lo que escribe y cuando está creando un artificio más para entretener al público

Algo tendrá Sally Rooney que recientemente acaba de publicar su segunda novela Normal People que ha conseguido colarse en la lista larga de The Man Booker Prize, prestigioso premio otorgado a la mejor novela en inglés del año, y el periódico The Guardian ya apresura a llamarle “un futuro clásico”. A la espera de que nos llegue su traducción al castellano os recomiendo empezar por esta, la aquí reseñada, su primera novela.

Bryn Terfel es Sweeney Todd en Zúrich

Bryn Terfel es Sweeney Todd en Zúrich

Sweeney Todd es uno de los musicales más complejos y con mayor porcentaje de texto cantado. Es por ello que muchos lo consideran prácticamente una ópera y en varias ocasiones se ha representado como tal. Es el caso de la nueva producción de la Opernhaus de Zúrich, que cuenta como principal atractivo con Bryn Terfel en el papel del barbero diabólico.

Llevar un musical como Sweeney Todd a un teatro de ópera de primer nivel tiene beneficios indudables, especialmente en lo que respecta a la orquesta y al sonido global. Escuchar en el foso a la Philharmonia Zürich -orquesta titular de la casa-, con unos excelentes músicos y una nutrida sección de cuerdas, fue todo un lujo, y bajo la batuta de David Charles Abell dio la relevancia merecida a la inspirada orquestación de Jonathan Tunick. Por otro lado, contar con cantantes acostumbrados a proyectar sus voces sin ayuda de micrófonos parecería una buena manera de evitar la tan molesta amplificación característica del teatro musical, pero lo cierto es que las partes vocales no están pensadas para las peculiaridades del canto lírico, y fue necesaria una ligera amplificación para hacer audibles los numerosos pasajes en los que la melodía adquiere un carácter declamatorio. A pesar de ello, la cuidada sonorización consiguió una calidad de sonido muy superior a lo habitual en las producciones de Broadway o el West End.

Todd (Terfel) y Mrs. Lovett (Kirschlager) planean una exitosa colaboración empresarial. Foto: Monika Rittershaus.

El gran triunfador, como era de esperar, fue Bryn Terfel, quien ya demostró en su reciente recital en Barcelona que se le dan bien los musicales. Su voz grave y generosa, que se adapta perfectamente a la vocalidad de Todd, junto a su imponente envergadura le permiten crear un barbero escénicamente impactante, y muy convincente gracias a su expresividad, carisma e instinto dramático. Terfel domina a la perfección todos los registros, dando a cada frase la intención necesaria, también en las breves partes habladas. Sus magníficas versiones de «My friends» y «Epiphany» mostraron un Todd atormentado por el pasado y los deseos de venganza, y en sus encuentros con el juez Turpin logró momentos de palpitante tensión, especialmente en «Pretty Women», con gestos medidos y un fraseo sugerente que jugaba con la ironía y los dobles sentidos del texto.

Si Todd es un personaje trágico al que le sienta bien el tratamiento operístico, Mrs. Lovett necesita por encima de todo una buena actriz con sentido del humor. Angelika Kirchschlager cantó bella y elegantemente, quizás demasiado bien para un papel que, recordemos, se escribió pensando en Angela Lansbury, quien hizo una hilarante creación del mismo gracias, en parte, a su imperfecta afinación. Kirschlager empezó algo contenida en «The worst pies in London», pero estuvo espléndida en «A Little Priest», mostrando una gran química con Terfel, y también en «By the Sea», donde se atrevió con unos desternillantes graznidos de gaviota.

Sweeney Todd (Terfel) se dispone a «afeitar» a su enemigo, el juez Turpin (Sherratt). Foto: Monika Rittershaus.

El papel de Anthony suele confiarse a una voz aguda, y por ello sorprendió escuchar la voz densa y grave del joven barítono Elliot Madore, que lució un fraseo elegante y compuso un apasionado marinero. El juez Turpin de Brindley Sherratt resultó adecuadamente amenazador y repulsivo gracias a su profunda voz de bajo y a una caracterización algo cadavérica, mientras que el Beadle de Iain Milne destacó por sus sólidos agudos. Barry Banks fue un divertido Pirelli y Spencer Lang un Tobby algo crecidito pero muy bien cantado. Mélissa Petit fue la única que no supo adaptar la técnica del canto lírico a las necesidades del teatro musical. A su Johanna le falto frescura y el fraseo resultó obstaculizado por el vibrato. El Coro de la Ópera de Zúrich cumplió con solvencia en los importantes números corales.

En el nivel superior vemos representada la historia que Mrs. Lovett (Kirschkager) cuenta a Todd (Terfel) en el nivel inferior: como su esposa Lucy fue violada por el juez Turpin en un baile de máscaras. Foto: Monika Rittershaus.

La propuesta escénica de Andreas Homoki siguió fielmente las acotaciones del libreto, con unos decorados de Michal Levine que permitían dividir el escenario en dos niveles, y unos pocos elementos escénicos, entre los que destacaba la silla de barbero. El aspecto lúgubre de la trama se vio realzado por los colores oscuros que dominaban en el vestuario y los decorados, así como puntuales estallidos de color en los sangrientos atardeceres. Los movimientos escénicos eran muy cuidados, tanto en las escenas más íntimas como en las colectivas, como en el concurso entre Todd y Pirelli. Los siempre esperados asesinatos de Todd también fueron bien resueltos: cuando Todd empieza a afeitar la plataforma del escenario se eleva un par de metros, dejando a la vista la trampilla por la que caen los cadáveres. Cuando la víctima ya está lista, inclina la silla hacia atrás, dejando que el desdichado se deslice, y acto seguido un muñeco cae por la trampilla situada justo debajo de la butaca, tras lo que la plataforma desciende de nuevo, lista para empezar con un nuevo cliente. El proceso era muy fluido y funcionó a la perfección durante el cuarteto del principio del segundo acto, contribuyendo al efecto rítmico del acompañamiento y de la propia estructura de la pieza.

Todd (Terfel) manda el cuerpo de su víctima al sótano a través de la trampilla.  Foto: Monika Rittershaus.

Un paseo con la Tonhalle Orquesta entre poleas

Un paseo con la Tonhalle Orquesta entre poleas

La antigua fábrica de engranajes Maag convertida en un edificio de salas de conciertos, tiene un singular encanto. Los arquitectos de la firma Spillmann Eschle Architekten se aseguraron cuando la adaptaron que se siguiera percibiendo su significado inicial, su funcionalidad industrial. Una polea enorme en la sala de espera, el guardaropa con percheros de hierro y el horario de los trenes, y las estancias grises con carteles colgados por cables son algunos de los ejemplos que hacen de la Maag Halle de Zürich un edificio con un aire moderno y distendido, abierto para todos los públicos y con un concepto nuevo que dista mucho del aire elitista típico de las salas de concierto. El auditorio, contrastante con el resto, es una gran caja hecha de madera de abeto barnizado donde se le han colocado asientos y un escenario, y es la sede provisional de la Tonhalle-Orchestre Zürich en el proceso de renovación del Tonhalle y el Kongresshaus Zurich.

En este mismo espacio se celebró el pasado sábado 15 de diciembre un concierto con la Tonhalle-Orchestre Zurich y su Artist in Residence, la violinista internacional Janine Jansen.

El primer sonido del concierto, procedente de la overtura de la ópera rusa de Michail Glinka «Ruslan und Ljundmila», presentó a la orquesta con una acústica llena y vibrante. La orquesta demostró desde el principio una interpretación activa, vital, en que cada uno de los músicos al borde de la silla, se sumergía en las obras y en el sonido de ensemble en general, revelando una gran conexión su el director, Daniel Blendulf, y culminando en una interpretación muy entusiasta de la Sinfonía número 5 de S. Prokofiev. La violinista Janine Jansen, hizo su aparición en la segunda obra, el concierto para violín y orquesta del compositor sueco Anders Eliasson titulado «Un camino solitario», una obra llena de elementos diversos y texturas cambiantes, en estado permanente de transición, que según Mischa Greuli -quien dio un pequeño speech de introducción a la pieza-, refleja nuestro estado de ánimo en la vida y la conclusión de que en el tránsito de nuestra existencia al final siempre nos sentimos solitarios. Janine Jansen, sugirió este estado espiritual con la interpretación de un sonido redondo, mullido, preparando los ataques del arco con ayuda de un vibrato amplio, y de esta manera desdibujando los contornos de las partes o secciones de la obra y creando un estado de confusión e incertidumbre interior en que el viajero se encuentra.

La exótica crueldad de «Turandot» de Puccini en el Teatro Real

La exótica crueldad de «Turandot» de Puccini en el Teatro Real

El Teatro Real representa desde el pasado 30 de noviembre Turandot de Giacomo Puccini, en una coproducción con la Canadian Opera Company de Toronto, el Teatro Nacional de Lituania y la Houston Grand Opera, bajo la dirección de Nicola Luisotti.

Esta obra está basada en la fábula homónima de Carlo Grozzi (1762) y para ellos se inspiró en la commedia dell’arte. Esta ópera tiene el libreto de Guiseppe Adami y Renato Simoni y fue estrenada en 1926.

En esta representación de una lejana y desconocida China a la que viajan príncipes de otros exóticos países para someterse a los temibles enigmas de la princesa Turandot (interpretada por Oksana Dyka) para tratar de poseer su amor,conocemos una corte y un pueblo sometidos al egoísmo y la crueldad de una bella princesa que quiere ser libre a cualquier precio, sin importarle el sufrimiento que con ello ocasione. La gran orquestación de Puccini plasma la evolución orquestal y nos adentra en ese orientalismo que tanto interesó a principios del siglo XX. En contraposición a esta riqueza tímbrica, el hieratismo de los personajes es una de las constantes en las que físicamente se plasma ese hieratismo interno del que son presa, ya sea por el miedo o el amor. En este entramado se mezclan el exotismo, la aventura, el riesgo, la valentía, el amor y la muerte.

En la propuesta del director de escena y escenógrafo Robert Wilson, los personajes hiératicos están acompañados por un decorado minimalista en el que la iluminación cobra una especial importancia porque da paso a cada uno de los temas que se amalgaman. El vestuario representa la visión moderna de aquella antigua y exótica China en el que el vestido rojo de Turandot tiene una especial relevancia por representar la sangre de la muerte y del amor. En contrapartida, el héroe que vence a la muerte y a la frialdad de la princesa está representada de color blanco con tonos dorados porque el príncipe Calaf consigue llevar la luz a esta oscura noble, quien alcanza la redención gracias a su amor, no sin antes tener un duelo de inteligencia, ingenio y fuertes convicciones plasmadas en bellos pasajes musicales.

Otros personajes que destacaron tanto por el libreto como por las interpretaciones tienen su tradición en la commedia dell’arte con esas grotescas máscaras que simbolizan personajes con caracteres y defectos bien marcados. En este caso son Ping, PangPong (interpretados por Joan Martín Royo, Vincenç Esteve y Juan Antonio Sanabria, respectivamente) que tienen tres personalidades distintas, con gestos y andares diferentes y que hacen un constante juego con lo macabro, ya que la corte está imbuida en una decadencia de todo tipo. Estos cantantes hicieron un magnífico trabajo sobre la escena transmitiendo ese siniestro y a la vez divertido juego.

El pasado 8 de diciembre Nicola Luisotti dio una lección magistral de conocimiento de la obra de Puccini y de esta partitura en particular al conseguir transmitir una sublime expresividad tanto en los momentos de grandiosidad de coro y orquesta como en los momentos más conmovedores. En cuanto a las interpretaciones, tras una correcta princesa Turandot, destacaron Roberto Aronica con su gran actuación como el príncipe Calaf, quien tuvo una gran compañera en Yolanda Auyanet con su majestuosa interpretación de la dulce y valiente Liù, que conmovió con sus expresivas arias.